A 15 años del trágico atentado a la Embajada de Israel en Buenos Aires


17 DE MARZO DE 1992 - 17 DE MARZO DE 2007
יזכור


El próximo 17 de marzo de 2007 se cumplen 15 años de aquel trágico atentado terrorista perpetrado en contra de la sede de la Embajada del Estado de Israel en la Argentina.


En nuestras retinas permanecen vivas las imágenes del horror y del sufrimiento de aquella tarde porteña de marzo. Veintinueve fueron las víctimas, veintinueve familias diezmadas, veintinueve vidas truncadas bajio los escombros y el hierro retorcido, veintinueve lugares vacíos que nada ni nadie podrá llenar jamás, sueños cortados injustamente e ilusiones apagadas.

Aquellos fueron los primeros escombros, la primera explosión en Buenos Aires. Dolor y más dolor que aún no ha mermado ni se ha apaciguado.

Impunidad, una palabra que inquieta y asusta.


Justicia, una palabra que no consuela pero que si calma y alienta.


A 15 años del nefasto atentado renovamos nuestros reclamos de justicia y pronto esclarecimiento para este hecho y para el cruel atentado a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina


“JUSTICIA, JUSTICIA, PERSEGUIRAS...”

Lezcano de Albarracin, Escorcina
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asís
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 909

Arlia Eguia Segui, Celia Haydee
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asís
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 909

Baldelomar Siles, Carlos Raul Albañil
Argentino de origen boliviano
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 910.

Ben Rafael, David Joel Diplomático Israelí
Ministro Consejero de la Embajada
Casado con dos hijos
Hallado el 19.03.92 en Arroyo 910

Ben Zeev, Eli
Diplomático Israelí. Agregado de la Embajada
Casado con dos hijos
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 910

Berenstein de Supanichky, Beatríz Mónica
Argentina
Casada con una hija. Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Brumana, Juan CarlosArgentino
Presbítero de Mater Admirabilis
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 909/41

Cacciato Ruben, Cayetano Juan
Argentino
Conductor del taxi Ford Falcon que circulaba por Arroyo
Hallado el 17.03.92 circulando vehicularmente por la acera

Carmon, Eliora
Israelí
Esposa del Consejero y Consul Danny Carmon
Madre de 5 hijos
Empleada Administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Droblas, Marcela Judith
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada. (Secretaria del Agregado Cultural, Rafael Eldad)Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Elowson, Andres
Argentino
Peaton

Lancieri Lomazzi, Miguel Angel
Uruguayo
Peaton

Leguizamon Anibal
Paraguayo
Plomero
Hallado en Arroyo 910

Machado Castro, Alfredo Oscar
Argentino de origen boliviano
Albanil
Hallado en Arroyo 910

Machado Castro, Fredy Remberto
Boliviano
Albanil
Hallado en Arroyo 910

Mandaroni, Francisco
Italiano
Plomero
Hallado en Arroyo 910

Meyers Frers de Hernandez, Mausi
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asis

Quarin, Alexis Alejandro
Argentino
Peaton

Saientz, Mirta
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada.(Secretaria del Embajador, Dr. Izthak Shefi)
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Sherman de Intraub, Raquel
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Susevich de Levinson, Liliana Graciela
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Zehavi, Zehava
Israelí
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

La alegría de la salvación


Con la salida de la primera estrella comienza el 14 de Adar una de las fiestas más alegres que conserva nuestro pueblo en su milenario devenir. Celebramos la salvación del los israelitas que habitaban en Persia quienes estuvieron condenados a la muerte por un malvado ministro de la corte del Rey Asuero llamado Amán.

La historia nos narra que el Rey Asuero expulsó de su palacio a su reina por haber incurrido en desobediencia, y procurando una nueva esposa organizó un concurso de belleza el cual fue ganado por una bella y radiante mujer llamada Esther.

Esther era judía, pero nada había contado al Rey, su tío que se llamaba Mordejai se instaló en el patio exterior del palacio para estar cerca de ella, para prestarle sabio consejo. Dentro del palacio, Mordejai se entera de una conspiración en contra del rey. Transmite esta desagradable información y los culpables son ahorcados. Es por esta razón que Asuero decide nombrar un nuevo ministro y es aquí donde Amán entra en acción obligando a todos los judíos a prosternarse frente a él.

Mordejai se niega dado que él solo se inclina frente a Di-s como mandan nuestras tradiciones. Amán comienza a mostrarse hostil frente a los judíos e informa al Rey de la existencia de un grupo subversivo que debe ser eliminado por el bien del país y de su monarca. Asuero sin hacer las indagaciones correspondientes le otorga a Amán la autorización para aniquilar a los rebeldes.

Por sorteo se fija la fecha del 14 de Adar, de allí el nombre de la festividad "Purim" (del hebreo pur, azar).

Enterado Mordejai de su suerte le ruega a Esther que ingrese a la habitación del Rey Asuero quien se hallaba leyendo sus crónicas donde encuentra que Mordejai le había salvado la vida y no había sido recompensado correctamente. Es por ello que ordena a Amán, llevar Mordejai en procesión por toda la ciudad de Susa. Esto exaspera a Amán sobremanera. Esther revela la conspiración de Amán y se identifica frente al Rey como judía.

En ese mismo 14 de Adar en lugar de ir a la horca los judíos fue el malvado Amán y luego Mordejai fue nombrado ministro por el Rey. Después de estos sucesos Esther y Mordejai ordenan a los judíos que este día sea un día de fiesta y regocijo, que se envíen los unos a los otros obsequios y que a los pobres se los obsequie también (Mishloaj Manot).

Estos relatos nos son recordados por Meguilat Esther que con su lectura se comienza la celebración, cuando en dicho relato se menciona la palabra Amán la congregación acostubra a hacer ruido con diversos elementos para no escuchar el nombre del malvado.

Es precepto en Purim beber en exceso hasta no saber quien era el malvado, si Amán o Mordejai.

Es así como otra vez más un suceso de nuestro legado nos marca la vigencia de la vida sobre la muerte, de la alegría frente a la tristeza, del amor frente al odio, del espíritu del bien frente a la oscuridad del mal.

Me gustaría terminar este artículo citando una frase popular judía que nos dice que "Existe un solo Purim, pero varios Amanes".

Nuestra misión es vencer el espíritu de Amán en cualquier lugar donde se encuentre y forma en la que se manifieste, anteponiendo y procurando la paz frente a la guerra, la construcción frente a la destrucción, ayudando así al mejoramiento del mundo a través del amor, y la confraternidad entre hermanos y entre todos pueblos del mundo.

Jag Purim Sameaj.

Enrique M. Grinberg
1998

En el camino a Jericó


Cuando estalló la Guerra de los Seis Días[1] me encontraba fuera de Israel. Sólo después de transcurridas varias jornadas y de ejercer cuanta presión me fue posible, logré regresar, abordando vuelos con escalas inverosímiles.

De inmediato me dediqué a buscar a mi hijo y a mi yerno que habían sido movilizados. Me enteré de que mi hijo se hallaba en Abu Aguila, en el camino al Canal, y que mi yerno estaba entre los paracaidistas que pelearon en Jerusalén hasta que se oyó el grito: “El Monte del Templo está en nuestras manos”.

Pronto llegaron a mis oídos los rumores sobre los duros combates de los paracaidistas y sobre un gran número de heridos.

Tomé mi viejo Peugeot y enfilé rápidamente hacia Jerusalén. Después de mucho indagar y gracias a toda clase de contactos pude averiguar que la brigada de los paracaidistas se encontraba ahora en Jericó y que, dada la confusión general provocada por la reorganización, sólo allí podrían suministrarme la información que yo solicitaba.

Al poco tiempo el panorama comenzó a aclararse, y cuanto más se aclaraba tanto más se oscurecía. La compañía de paracaidistas de mi yerno era una de las más veteranas y fogueadas.
Partieron esa noche con cuarenta combatientes y a la mañana siguiente sólo quedaban en pie cuatro, arrastrando heridos. Ni bien arribaron de Guivat Brener descendieron, salieron del Edificio Strauss, atravesaron corriendo Meáh Shearim en dirección al célebre Pasaje Mandelbaum y al anochecer llegaron a la calle que pertenecía al territorio enemigo. El comandante de la compañía fue herido y relevado durante las primeras escaramuzas. Y la orden que tenían era bastante vaga: debían llegar al Museo Rockefeller. Carentes del equipamiento adecuado –todo había quedado arriba en el autobús– y en su apresuramiento por entrar en combate, no habían traído consigo más que las Uzis y unos cuantos cargadores. No tenían ni grandes ametralladoras ni morteros, ni ningún instrumento para comunicarse, ni instrucciones precisas acerca de lo que debían hacer, ni dónde, ni comandante que los guiara y organizara la acción.

Toda la calle estaba expuesta al fuego certero proveniente de puestos de combate preparados y fortificados, y ellos corrían –innecesariamente, según se supo luego– de casa en casa para ubicar el origen del tiroteo, y así fueron heridos uno tras otro.

Durante toda la noche pelearon casi a ciegas. Sólo por la mañana, cuando después de numerosos y sangrientos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sin apoyo ni directivas, lograron silenciar el intenso fuego jordano, descubrieron una callejuela que conducía al Museo Rockefeller. Allí se refugiaron los pocos que habían quedado en pie, junto con los que habían llegado de otras compañías, abatidos todos por el agotamiento. La historia acerca del Monte del Templo les llegó más tarde, en una versión confusa.

Como ya dijera, sólo posteriormente me enteré de todo esto.

Cuando llegué a la Comandancia en Binienei Haumá[2], en Jerusalén, tratando de esclarecer por intermedio de viejos amigos qué, cómo y dónde, los encontré a todos embriagados por la victoria. La guerra estaba en su apogeo, todos se hallaban exhaustos, sin dormir, conmocionados e incrédulos frente al milagro, y nadie disponía de tiempo ni de paciencia para atender a un civil que venía a importunarlos con preguntas. Pero finalmente un amigo mío, más calmo, me indicó que para conseguir la información debía dirigirme a Jericó.

Aunque todavía ignoraba todo lo que acabo de relatar, sentía cierta opresión que empañaba la euforia del reciente triunfo. Ni siquiera podía imaginar entonces que después de esa noche terrible, mi paracaidista atlético y amante de la aventura no querría regresar a Jerusalén por muchos años. Y que cuando todos entonaran conmovidos “Jerusalén de Oro”[3], él ocultaría las lágrimas que hasta ese momento le eran extrañas y se rehusaría a participar de cualquier festejo.

Hoy en día existen seguramente toda clase de explicaciones para justificar por qué ese combate en las calles se desarrolló de tal manera. El tiempo fue borrando muchos interrogantes perturbadores y se aceptó la versión oficial acerca de cómo y por qué sucedió aquello. Y después de todo fue una victoria, y el Monte del Templo está en nuestras manos.

El camino hacia Jericó era un escenario en el cual el drama no había concluido y el telón aún no había descendido.

A los costados de la carretera, frente a Gat Shemanim, se veía una hilera de automóviles particulares medio aplastados por las orugas de los tanques, sin que se supiera exactamente por qué.

Acá y allá se oían todavía algunos disparos. El Muro y la cúpula dorada del Domo de la Roca aún no habían vuelto la hoja del calendario, y todo poseía la intensidad increíble de lo inesperado, como cuando se sabe que se ha producido un terremoto, pero todavía no se alcanza a comprender lo ocurrido en toda su dimensión. Y en el tramo siguiente ya comenzaron a verse, a ambos lados del camino, las columnas de los que venían huyendo.

¿Quién no sabe lo que son las caravanas de refugiados? ¿En qué lugar del mundo no se los ha visto, arrastrándose y transportando sus enseres, mujeres y niños presos de un temor desconocido, y toda clase de impedidos sacados a la carrera, montados sobre burros, como si esto fuera ineludible y no hubiese otra opción, porque la rueda de la fortuna se invirtió y repentinamente te has transformado en un refugiado? Familias enteras se desplazan tratando de preservar lo más preciado, de-sorientados y sin esperanza, como hileras de hormigas oscuras, entre las que asoma de tanto en tanto una pañoleta blanca de mujer. El descalabro acaba de producirse y ya es una realidad, y cómo es posible.

A lo largo del camino se iban juntando más y más, a ambos lados de la ruta, en un silencio infinito, anonadados como si hubieran caído de un décimo piso, la mirada gacha, vacíos. Y el día avanzaba junto con la canícula.

En un cruce estaban parados dos soldados armados, vestidos con uniformes gastados de reservistas, que pedían ser transportados. También ellos se dirigían a Jericó en busca de su unidad, a la que habían perdido de vista. Yo lo había olvidado y ellos me recordaron que era conveniente viajar protegido. ¿Frente a quién? La derrota y la rendición eran visibles por doquier, y sólo las caravanas de gente con burros y bicicletas, y los míseros bienes que intentaban salvar, se arrastraban golpeados por la desgracia como por un mazazo, y el calor se hacía agobiante y enceguecedor.

Arribamos a Jericó y rápidamente nos enteramos de que los paracaidistas nunca habían estado allí, y nadie sabía dónde se hallaban. Pero las poincianas habían florecido a la entrada de Jericó, cubriéndose de un rojo exuberante e increíble. Los dos soldados maltrechos que venían conmigo tampoco encontraron allí su unidad y nadie sabía nada, y en realidad, tampoco les interesaba. Jericó estaba fuera del radio de acción, fuera de la gran liberación y de los días del Mesías. Hacía el calor que suele hacer en Jericó. Delante de los soldados apostados junto a la barrera había una formación de botellas de color con bebidas, provenientes de alguna despensa que ya no pertenecía a nadie.

El automóvil hervía. Le echamos agua con un bidón y llenamos otro, por si la sed volvía a acosarlo en el camino a Jerusalén. Todo estaba abrasado por el calor y librado a la ventura. Los dos soldados que habíamos recogido se acomodaron y comenzamos a ascender en medio de la polvareda blanquecina, por la carretera estrecha y empinada, cuyo asfalto ya comenzaba a derretirse. Pero cuando alcanzamos cierta altura, divisamos algo que nos hizo detener.

Una familia de refugiados estaba tendida, desparramada a un costado de la ruta, como si se hubieran derrumbado después de arrastrarse hasta aquí. El que parecía ser el padre se incorporó y extendió frente a nosotros sus manos sin pronunciar palabra, como diciendo: vean. Había una mujer gruesa, seguramente encinta, toda vestida de negro, que juntaba sus palmas una y otra vez como en un lamento silencioso. En su regazo yacía un niño, entre desmayado y plañidero. A su lado estaba sentada o desplomada una mujer muy vieja, que quién sabe cómo había llegado hasta aquí, encorvada, desdentada, con su escaso pelo que el pañuelo irrespetuoso dejaba al descubierto. Y había también otro niño de unos cuatro o cinco años.

Finalmente, el hombre, el único que se mantenía en pie, logró emitir un graznido desde su garganta reseca o estrangulada por el miedo: “Jawadya”[4] dijo, señalando a los seres apiñados a la vera del camino. No le salió más que eso, pero tampoco hacía falta ninguna explicación.

Los dos soldados y yo nos apeamos, sacamos el bidón que traíamos, lo destapamos y se lo ofrecimos al hombre. Éste se colocó en cuclillas y tomó un sorbo con sus palmas ahuecadas.

Entonces le dio de beber a su esposa, y ella a su vez llenó sus palmas y se las tendió al niño que estaba inconsciente, y luego a la anciana –quizás su madre–, que bebió algo y el agua goteó de su boca, mientras balbuceaba y suspiraba en su desmayo. Entonces le tocó el turno al niño que se prendió del pico de la lata y sorbió y sorbió. Alzó sus ojos, nos contempló como si viera el rostro del demonio y no pudiera dar crédito a sus ojos, y espantado, pareció comprender recién ahora lo terrible de la situación.

El hombre llenó nuevamente sus palmas, enjuagó su cara, nos miró como recobrando la conciencia y dijo algo acerca de Alá. Y volvió a repetir Alá, y nuevamente Alá.

Uno de los soldados que viajaba con nosotros hablaba árabe, pero el hombre no explicó nada. O no podía decir nada, y sólo señalaba a su familia apiñada, tendida en derredor. Los señalaba como en una súplica postrera, a la mujer encinta y a su bebé, a la abuela senil y al niño que permanecía como paralizado, con la boca abierta y los ojos dilatados por el terror.

Ahora el hombre inició una segunda ronda, pero el bidón ya se había vaciado. Él lo sacudió una y otra vez, suspirando, con una frustración que se extendía más allá del recipiente vacío. Suspiró y lo volvió a sacudir.

Los soldados y yo nos miramos. La carretera ardía, el desierto de Judea ardía y ese montón de gente estaba acabado. “¿Quizás podríamos volver para dejarles otro bidón de agua?”, aventuró uno de los soldados. En medio del calor y de la de-sesperanza sus palabras no dejaban de tener sentido, y respondían de algún modo a la pregunta que no habíamos formulado: ¿qué hacer con esta gente?

Ellos parecían resignados a que los abandonáramos, aceptando el fin que les deparaba su destino, en algún lugar entre Jericó y la nada.

Dimos la vuelta y regresamos a Jericó: “¿Qué haremos con ellos?”, preguntó el soldado. Yo no los conocía ni a él ni a su compañero. No sabía si nos estaba reprochando nuestra actitud, algo así como “¿qué estamos haciendo aquí?”, o si se trataba de una reflexión o de una sugerencia para hacer algo por ellos. “La vieja va a morir”, dijo el otro soldado. “¿Y qué van a comer? ¿Y cómo van a proseguir?” “Quizás mientras tanto lleguen otros y se los lleven consigo”, dijo el primero tratando de idear alguna solución.

Llenamos dos bidones con el agua tranquila y fría del manantial y ascendimos de nuevo, rápidamente, por el sendero estrecho y sinuoso, en medio de la polvareda enceguecedora. No sabíamos si aún estarían allí.

Estaban. Como si nada pudiera cambiar. Sólo que la vieja moriría y los otros la seguirían, según su grado de debilidad.

El calor del mediodía quemaba y el automóvil hervía. El hombre se incorporó y extendió sus manos como pronunciando un discurso: “Jawadya, Jawadya”, como si bastara con eso. Le entregamos el bidón lleno y él les dio de beber a todos de sus palmas. La mujer lloraba. El soldado encaró de nuevo al hombre, aparentemente el padre o tal vez el abuelo: “¿De dónde son? ¿Hacia dónde van? ¿Tienen a alguien en Jericó?”. El hombre no sabía o no entendía.
Después comenzó a describir sin palabras, mediante gestos desesperados, cómo habían oído disparos durante toda la noche, cómo al amanecer se corrió la voz: vienen los judíos, vienen los judíos, y cómo el cielo pareció desplomarse sobre sus cabezas. Y enseguida salieron aterrorizados de sus casas, de noche, aun antes del amanecer. Alguien se apiadó y trasladó a la anciana en un carro, hasta que sintió que le pesaba demasiado en su huida. Los rumores que llegaban eran terribles, así que reunieron apresuradamente todo lo que pudieron, incluyendo mantas, y después fueron arrojando todo a lo largo del camino, hasta que quedaron exangües por el calor. También huyeron todos sus vecinos y toda su numerosa familia, y ni siquiera se les ocurrió que podrían quedarse. Se largaron al camino, cuidando cada uno, como podía, de su grupo familiar. Vienen los judíos, vienen los tanques –decían– y si no nos apuramos será el fin. Y ahora están aquí, y eso es todo. ¿Adónde irán? Alá, Alá, y eso es todo.

El sol quemaba. Uno de los soldados dijo: “¿Entonces, qué hacemos con ellos? ¿Les dejamos el agua? Cuando lleguen otros refugiados los van a llevar también a ellos”. Entonces alguien dijo: “¿Saben qué?”. Y súbitamente lo supimos. Sin decir palabra. Lo supimos de manera absoluta. “Los vamos a llevar de vuelta a su casa. ¿Qué mal pueden causar éstos?” El otro soldado preguntó pensativo: “¿Está permitido? ¿Y si nos detienen? ¿Y si los evacuan?”. Hacía demasiado calor para pensar en todo. La mujer trataba de calmar el llanto del bebé con un ks, ks, ks... de otro mundo. Y con los dedos mojaba su carita con agua, como hacen las madres. El niño miraba con sus ojos rasgados, y el hombre sólo murmuraba todo el tiempo Alá y Alá, y no sabía nada más.

“Vengan, ustedes siéntense a mi lado –les dije a los soldados– y díganles que se acomoden todos atrás.”

La sorpresa los dejó estupefactos. Por un momento el hombre pensó que tal vez los llevábamos para arrojarlos más tarde bajo algún arbusto o alguna roca, con el bidón de agua.

Los soldados callaban. Cuando todos estuvieron apretujados, conformando un montón oscuro, enfilamos nuevamente en dirección a Jerusalén.

En la curva siguiente vimos otra oleada de refugiados, desplazándose dificultosamente, como dos hileras de hormigas, a ambos lados de la carretera. Era imposible saber si veían algo o si entendían lo que sucedía a su alrededor. Su sino era caminar, y eso era todo. No teníamos agua para todos, pero nos detuvimos y dejamos el bidón a un costado de la ruta. ¿Quién podría explicar por qué todos ellos no, y sí los que recogimos? ¿Qué explicación cabía?

Nadie sabía con exactitud qué estaba sucediendo a sus espaldas, ni tampoco lo que ese día le depararía a cada uno de los caminantes. Todo parecía estar como antes: la casa aún permanecía ahí, detrás de ellos, y casi nada había cambiado, y todo estaba revuelto y perdido, más perdido de lo que era dable imaginar. Una línea invisible pero real, definida y profunda, separaba lo que sucedía hasta esa mañana de lo que quién sabe sucedería desde esa mañana en adelante. Esto era así.

Poco antes de llegar a Jerusalén el hombre le indicó que era aquí. Le parecía increíble. Abrimos la puerta trasera y se deslizaron hacia el exterior. Quién sabe si la anciana aún vivía.

El hombre comenzó a agradecer y quería besar nuestras manos. No sabía quién era el de más alto rango, si el soldado con el fusil o el que conducía el automóvil. También la mujer, con su bebé y con el niño perplejo pegado a ella, comenzó a agradecer, llorando sin cesar. Y el hombre sólo señalaba una colina, en la cual por lo visto se encontraba su casa. Todos sus vecinos se habían marchado y no regresarían, como obedeciendo a algún designio supremo. Y el hombre señalaba con el índice el lugar en el cual se encontraba su casa.

Finalmente partimos. Ellos se reunieron formando un grupo compacto, oscuro, y nosotros en el interior permanecimos en silencio.

En realidad éramos tres desconocidos. Y los dos soldados no sabían ahora hacia dónde querían ir. Finalmente decidieron detenerse en el edificio de la Comandancia, a la entrada de la ciudad. Hubiéramos tenido que decir algo, pero sólo sonreímos como tres cómplices, y no supimos qué más hacer. Y sonreímos de nuevo.

Entonces oímos a alguien contando que los paracaidistas estaban ascendiendo finalmente al Golán, y qué días gloriosos, y quién lo hubiera creído.

Los dos reservistas maltrechos se apearon con sus fusiles y se perdieron entre los muchos reservistas maltrechos que andaban por ahí. Y yo emprendí la vuelta en dirección al sol que se ponía al final de ese día tórrido.

Yizhar Smilansky

[1] Junio de 1967.
[2] Complejo cultural que incluye salas de teatro, auditorios, etc.
[3] Canción que se hizo muy popular a partir de la Guerra de los Seis Días.
[4] “Señor”, en árabe.

Apertura Encuentro de Intelectuales Jóvenes


Buenas noches, Shavua Tov, buena semana.

Ante todo quiero agradecer a la Amia, en especial a los Departamentos de Cultura y de Juventud, por generar esta iniciativa imprescindible que es el Primer Encuentro de Jóvenes Intelectuales Judíos, como así también el permitir que el Departamento de Hagshamá de la Organización Sionista Mundial, al que represento, pueda ser parte integral en esta realización.

La palabra y el pensamiento ocupan un lugar central en nuestro devenir milenario como pueblo. La palabra es creación según nuestras fuentes, la palabra es construcción, la palabra es transmisión y también cambio. La discusión plural y la diversidad fueron, son y serán esenciales para la construcción y el sostenimiento del complejo y rico concepto que es la identidad y la vida judía.

Los judíos en la historia de la humanidad nunca ocuparon un lugar cómodo. Para mí, ser judío y ejercerlo es parte de una revolución cotidiana, es parte de una contracultura sostenida en el tiempo; es parte de un compromiso implícito de sentir, reflexionar, discutir y actuar. El judaísmo es instituyente tiene el gen del cambio permanente en su constitución.

Podemos debatir, discutir y confrontar sobre nuestra identidad judía una y otra vez, pero no podemos ser indiferentes frente a ella. Este Primer Encuentro de Jóvenes Intelectuales Judíos es un ejemplo de esto.

Esta actividad no la hacemos nosotros, solo la propusimos. Los dueños y protagonistas son ustedes, los intelectuales jóvenes que decidieron asumir el compromiso de pensar y repensar, de crear y recrear la vida judía a través del pensamiento, la investigación y la reflexión.

Tenemos que estar orgullosos por toda esta producción humana que hemos recibido como trabajos escritos, que escucharemos en los próximos días y que someteremos a discusión.

Esperemos que este espacio que se inaugura hoy aquí sirva de ejemplo para la comunidad judía y sus dirigentes de que los jóvenes tienen lo que decir y asuman un compromiso real de sumarlos en forma activa al diseño y al quehacer de una comunidad más rica y renovada en ideas y pensamientos.

Por último y no menos importante quiero agradecer a todos y cada uno de quienes hicieron posible la organización de este encuentro.

A Laura Kitzis en especial, quien ha dedicado, con tanto amor y pasión, horas de pensamiento y trabajo para que este encuentro pueda ser.

Nos deseo éxitos y un encuentro productivo y fructífero para todos.

Enrique M. Grinberg
26 de Agosto de 2006

La memoria del sueño, de Iair Rubin


La Memoria del Sueño de Iair Rubin no es sólo un libro, es un recorrido de vida y debe leerse como tal. Es el derrotero de un judío nacido en la Argentina en los años cuarenta, hijo de inmigrantes que realizó un largo camino desde el Río de la Plata hasta la montañosa y mítica Jerusalem, lugar en el que hoy reside.

Es una narración introspectiva. Su propia historia es a la vez una historia de muchos, un relato que identifica a quienes fueron testigos y protagonistas de aquellas épocas de los años cincuenta en adelante.

Un acercamiento a conocer aquellos tiempos especiales, interesantes y efervescentes para quienes no hemos tenido la oportunidad de vivirlos por cuestiones de edad.

La Memoria del Sueño es un espejo que refleja la propia imagen y que refleja también a una emblemática generación que ha acercado el decir y el hacer hasta anular la distancia, una generación coherente y consecuente con la idea, la acción y la realización.

La Memoria del Sueño es una invitación inteligente a recorrer toda una época por medio de diecinueve relatos incluidos en este libro.

No hay una necesaria correlatividad entre los mismos. El libro presenta un recorrido ecléctico, no lineal; sin embargo existe un punto fijo en estos relatos sobre el que se sostiene la trama y ese punto esta al este de nuestra brújula, más precisamente es el Estado de Israel.

Israel en el centro y la idea de la lucha por la justicia e igualdad social, lo han cruzado y marcado durante toda su vida; desde el Ken del Hashomer en Buenos Aires, pasando por su Aliá al Kibutz, hasta la actualidad.

Una historia compartida y vivida por muchos, una niñez sin abuelos, padres inmigrantes, el barrio, una casa amplia, el club de fútbol, el colegio primario público, el Jeider, la Tnuá (Movimiento Juvenil), los Madrijim (Guías o coordinadores), la Kvutzá (el grupo), el primer viaje de formación a Israel, la conducción del Movimiento, la Aliá (inmigración a Israel), el Kibutz, el ejercito en Tzahal, los estudios en la Universidad Hebrea, las misiones educativas y la vida misma.

Una historia que es una y única, que se multiplica. Representa a toda una generación con distintas gamas de vivencias e intensidades pero que son parte inseparable de una misma era.

Una historia particular que seguramente fue la historia de muchos de quienes están aquí hoy y otros tantos.

El Autor

Iair Rubin, hombre de prodigiosa memoria y fiel creyente en sueños e ideales nos retrata con minuciosos detalles la época en que el colectivo estaba por encima de los individuos. Nos invita a repensar, reflexionar y a recorrer esos tiempos de la modernidad signados por las ideologías y los grandes dogmas.

Esas épocas tan lejanas del individualismo posmoderno y la globalización, esas décadas del ejemplo personal, de la realización, del protagonismo, de la militancia, del involucramiento, no sólo desde lo intelectual, sino también desde lo físico y emocional, desde el amor y la pasión, desde la memoria y los sueños.

Sin lugar a dudas la Tnuá, el Movimiento Juvenil que tanto lo cautivó fue una síntesis perfecta que abordó aquellos temas que inquietaban a esa juventud. Fue respuesta e interrogante a la vez, búsqueda y encuentro, comodidad e incomodidad, intrínseca a la propia propuesta del marco.

La Tnuá signó la identidad del autor para toda su vida. Como nos cuenta en sus relatos, lo forjó como persona.

Su propio nombre nos presenta esa historia de consolidación de una identidad, enmarcada en el permanente cambio, propio de la dinámica del Movimiento Juvenil.Alberto Rubinovich de nacimiento, Abraham o Abreimele en el Jeider, Barzel en los comienzos de la Tnuá y por último Iair Rubin.

Con este nuevo nombre, israelí y moderno, alejado de aquellos nombres diaspóricos, con esta nueva identidad, el joven Iair realizó Aliá al Kibutz Harel en las colinas próximas a Jerusalem.

Desde allí este hombre nuevo junto a un grupo de soñadores se propusieron con su propia labor, vivencia y experiencia el cambiar a la sociedad en pro de los ideales de justicia social y distribución igualitaria de las riquezas aprendidos en el Movimiento Juvenil, en alguna peulá en el Ken del Hashomer Hatzair en aquella lejana Buenos Aires.

La historia

Esta es la historia de muchos compatriotas argentinos quienes se han sumado a la idea colectivista del Kibutz, quienes dejaron sus profesiones liberales y la “buena vida burguesa de la ciudad” para labrar la tierra de Israel.

Los diecinueve relatos son un mirar hacia atrás con sentido afecto y añoranza pero también son una invitación a revisar algunas cosas que se daban por naturales, las “verdades indiscutidas”.

También son un instrumento para proyectar un desafío a las nuevas generaciones en especial a los Movimientos Juveniles y, por qué no, a la juventud judía en general. Estas narraciones nos hablan a todos, jóvenes y adultos; sólo hay que saber escucharlas, reflexionarlas y trabajarlas.

Es muy difícil separar la obra y el autor. Iair nos relata su historia y la historia nos devuelve a aquel joven memorioso y soñador. El libro nos cuenta una historia y la historia nos describe una época. Es por ello que en base a estas dos vías intento acercarlos a su obra, el autor y sus relatos.
La Memoria del Sueño recorre esos tiempos vividos con una gran intensidad y de una manera muy cálida, un relato muy bien escrito, prolijamente cuidado y sentido.

Por momentos aparecen suaves críticas al dogmatismo imperante en la época y en el Movimiento Juvenil; por otros momentos esta crítica se agudiza utilizando finos elementos del humor para ridiculizar alguna situación impensable hoy en día o para mitigar el dolor que ha causado esta visión de mundo de blancos y negros.

Lo ideológico esta siempre presente en los relatos y es sin lugar a dudas la mejor fotografía de la época, es lo que signó a aquella generación: lo mágico y cautivante de las ideologías y también lo cruel y traumático de los dogmas.

En el relato “La comuna socialista de Tandil” incluida en este libro el autor relata el fracaso de un grupo de niños de diez años y su Madrij de establecer en el marco de un Majané (campamento) una verdadera vivencia socialista y colectiva donde compartían todo. Si todo, escucharon bien. Hasta la ropa. Nada era de nadie, el fin de la propiedad privada. Mezclaron sus vestimentas y cada uno usaba lo que necesitaba, ya nada les pertenecía ni le era propio.

Sin lugar a dudas esta experiencia extrema golpeó mucho a estos chicos y a sus familias al regreso. En aquellas épocas austeras no había otra ropa más de la que tenían, ellos la habían llevado al Majané y la trajeron estropeada y ese fue el fin de aquel intento comunal y de aquel grupo. Sirva esta historia para ejemplificar aquellas épocas donde los ideales dogmáticos estaban por encima de las personas.

Con estas palabras el nos introduce en el relato de “La comuna socialista de Tandil”:

“Dicen que la gran crisis empezó con las reformas de Gorbachov en los años noventa; otros afirman que fue con la llegada de ese nuevo Papa polaco, con su mensaje de apertura y esperanza. Y ya que hablamos de polacos, hay quien atribuye el principio del fin al movimiento Solidaridad y su carismático líder, el mostachudo Lech Walessa…”

“…Pero yo, queridos amigos tengo mi propia historia, si bien pequeña e insignificante no por ello menos importante, y quiero acoplarla a la caída del anhelo abrigado por aquel siglo XX lleno de esperanzas: el socialismo. Tal vez fue precisamente allá lejos y hace tiempo, en la pampa bonaerense y a los pies le las sierras tandileñas, que en los tempranos años cincuenta empezó la derrota del gran sueño…”

Rubin recorre sin temor aquellos tiempos, por momentos cargado de una mirada romántica de la época, por otros momentos aportando una mirada crítica y aceptando también algunas o muchas equivocaciones de aquellos que lo guiaron y las propias.

Es el tiempo que le tocó vivir y lo hizo intensamente, se involucró y comprometió como muchos otros jóvenes judíos en los diversos movimientos juveniles y marcos políticos. De ellos habla este libro.

Las historias relatadas transcurren en cuatro países: La Argentina de su infancia en los años cincuenta y luego del setenta y tres, su querida e inmensa Brasil, el Chile pre Allende e Israel su lugar, su hogar.

En estos países se ha desempeñado en cargos educativos ya sea como Sheliaj, (emisario) fuera de Israel o en instituciones educativas dentro de Israel. Toda su vida se dedicó a enseñar, aprender y aprehender con “h”.

Así fue escribiendo su propia historia con una pluma memoriosa y soñadora. Es su propio relato, el relato de muchos y hoy nos invita a compartirlo.

Antes de finalizar esta presentación me gustaría leerles un fragmento del último relato del libro, titulado: “Cómo dimos vuelta la pirámide” haciendo alusión a la pirámide invertida de Beer Borojov.

Antes una breve introducción.

Tomando a Borojov como inspiración y guía, muchos de los jóvenes del Movimiento Juvenil sostenían la idea de convertirse en obreros y sumarse a la masa proletaria. De esta manera veían que se lograría la normalización del pueblo judío por medio de los ideales socialistas puros y clásicos.

Es por ello que en su adolescencia el Movimiento Juvenil decidió que el joven Iair debería ingresar a estudiar electricidad en un colegio industrial y así lo hizo, cumplió con el mandato en la prestigiosa escuela secundaria Otto Krausse. A esta visión se sumaba el desprecio por las profesiones liberales que se contraponía directamente con el deseo y los esfuerzos que hacían los padres de clase media para darles a sus hijos una formación universitaria. Qué triángulo tan tenso Padres, hijos y Movimiento Juvenil!.

El diálogo que leeré a continuación se desarrolla en la casa del padre de Iair en Tel Aviv. El padre realizó Aliá a los 60 años reencontrándose con sus tres hijos en el Estado de Israel.

Vamos ahora a lo escrito:

“…-¿Viste, papá? -le dije con la intención de dejarlo contento y orgulloso-.

Al final ustedes se salieron con lo que querían, y los tres hijos tenemos título universitario. Y no son pavadas, porque Lina es contadora por la Universidad de Buenos Aires con reválida en Israel; la Ete tiene un máster en educación de la Universidad de Nueva York y no sé qué otras cosas más, porque ella siempre estudia; y yo... bueno, al final yo también soy máster en educación por la Universidad Hebrea de Jerusalén. Los tres con títulos universitarios, no son pavaditas, viejo...

Él bebió un sorbo de café y se quedó en silencio; volvió a tomar otro sorbo con cuidado, porque estaba muy caliente.

-¿Quién lo habría dicho? Los tres chicos de la calle Carlos Calvo, los tres profesionales... -dijo, y no agregó nada más. Bebió otro sorbo de café porque no quería que se enfriara, quedó pensativo y no hablamos más del tema.

Y yo, que no gusto de la traición y jamás deserté de ninguna batalla, volví a Jerusalén tranquilo y contento. Nunca enmarqué mi diploma ni colgué el título en ninguna pared; tampoco firmo "licenciado", como algunos amigos míos, a pesar de que máster es mucho más que eso. Tal vez por algo de esa fidelidad que todavía guardo a mi viejo amigo Borojov y a su bendita pirámide, a pesar del tiempo transcurrido”.

Creo que a este texto no le cabe agregados, tiene la suficiente contundencia para asegurar que ese pasado no está olvidado, no está detrás de él y de muchos sino que es parte integra e inseparable de su ser y existencia. Es memoria y es sueño.

Texto de la presentación del libro "La memoria del sueño" de Iair Rubin en la feria del libro en Argentina.
Enrique Grinberg
22 de Abril de 2006

Mi primera cita


Cuando llegué a la puerta me encontré con mi primer dilema importante:
Había que tocar el timbre, el momento de anunciarse, presionar aquí y romper el silencio allí.

¿Cómo hacerlo?, ¿cuál era la manera pertinente?, ¿un toque largo y esperar? ¿dos toques cortos? ¿uno largo y uno corto o viceversa?.

Sin lugar a dudas la decisión de como tocar o no tocar las cosas era trascendente. El arribo de mi dedo índice al pulsador del portero eléctrico, era inminente, comenzaba a ponerme en tensión. Medir la velocidad, recordar la formula de la fuerza, velocidad y presión aprendida en física en el colegio secundario. En ese preciso instante descubrí para que había que estudiarla, nunca antes la aplique ni pensé en ellas hasta ese preciso momento.

Si tocaba un timbre largo sería interpretado como impaciencia; nunca pensaría que yo podría pensar que no me escuchaba. A veces tenia dificultades en escucharme, eso es lo que creo, y otras tantas también parezco no escuchar, y a veces hasta me hago el que no escucho.

Si tocaba dos cortitos peor aun, la impaciencia, la insistencia, la necesidad de ratificar el acto. El primero y repetirlo por las dudas que hubiera salido mal, muy obsesivo ¿no?.

Las preguntas daban vueltas en mi cabeza ¿Cuánto esperar para repetir la serie de toques o cambiarla con nuevos e ingeniosos ritmos?, ¿vendrá a abrir?, ¿estará o se habrá olvidado de mi?. Poca autoestima.

El tiempo parecía detenerse, el minutero andaba a tropezones, el segundero parecía adormecer su paso, y las agujas todas aparentaban clavarse hasta detenerse. A veces aparento ser un poco antiguo, apegado al pasado; aunque esta fue una de esas oportunidades que no me arrepiento de ello ya que me sentí afortunado de tener un reloj analógico, ya que hubiese sido más difícil explicar aquello que sentía con un reloj digital.

Mientras la espera se asemejaba a la eternidad imaginaba sus pasos acercándose a la puerta de entrada para abrirla, ver su primera mirada sobre mi, como me paraba y como me vestía, ¿estaría analizándome desde se momento?, ¿sacando una radiografía exterior e interior mía?.

En el recorrido seguía la caminata por el pasillo angosto y oscuro hasta el departamento, seguía sumido en el reino de la duda ¿quién debía marcar el paso? No debo ir muy lento ni muy rápido, el paso justo y seguro repetía para mis adentros, sin atropellar ni siendo atropellado.

¿El ingreso a la habitación era el fin del pasillo? ¿ o el fin del pasillo era el ingreso a la habitación?, la puerta una entrada o una salida.

Entrar, otro cuestionamiento, otro interrogante, ¿dónde acomodarse? ¿dónde ubicarse?. Por suerte no había muchas opciones, en el diván o en la silla; sólo dos, solo nosotros dos por primera vez.

El diván quizás era más cómodo pero evidenciaba demasiada confianza y mucho relax por ser una primera vez. Podría caerle mal y ese gesto signaría el fracaso en nuestro dialogo y relación.

La silla en una posición rígida era recta y mediaba entre los dos un mueble de madera que ponía distancias tanto para un lado como para el otro un buen límite que oficiaba de muralla. Pero en realidad estaba allí para romper los límites y las barreras. ¿qué dilema, diván o silla, silla o diván?.

Me quedé de pie unos momentos, mirando a la silla y al diván para ver cual me llamaba primero. Ninguno emitió señal, el primer gran complot del mobiliario que me obligaba a tomar una decisión, aquí o allí. No es que sea paranoico pero me podrían haber dado alguna señal como para facilitarme la cosas en ese terrible momento.

Tome aire como para poder emitir una gran frase.

Me decidí y comencé a hablar.

Lo primero que dije es que no estaba de acuerdo en ser el que los demás querían que fuera, sino que quería ser aquel que podía ser como me enseño un sabio amigo.

Porque ser o no ser, esa es la cuestión. Entre el ser que ellos quieren que sea y el que puedo ser o quiero ser, hay un abismo tan grande que termino siendo el que no quiero ser y tampoco el que ellos quieren que sea ¿ves lo terrible que es la situación?.

Ella se quedó congelada, pálida, como asustada, me miró como si estuviese desquiciado, me sentí como un loco en el manicomio, solo me faltaba el chaleco, no pensaba empezar así, no era mi ideal de una primera cita, creo que la asuste.

Enseguida me dijo: -siéntese aquí: la licenciada ya llega, yo no soy la Psicóloga, solo su secretaria.

Enrique M. Grinberg

Slijot


El mes de Elul que precede a los Iamim Noraim, ha sido definido como un período de intenso examen de conciencia y preparativos para los “Días Solemnes”, periodo comprendido entre Rosh Hashaná y Iom Kipur.

Las plegarias de Slijot que hoy realizamos son súplicas a Di-s para que nos perdone por nuestro pecados y son a la vez promesas de enmienda.

Ellas colaboran en despertar nuestra conciencia judía, en preparamos para recibir los próximos Iamim Noraim, y en dirigir nuestros pensamientos hacia un propósito y un fin más elevado de vida.

El verbo Slaj, que significa perdonar, aparece muchas veces en la Biblia en conexión con oraciones de perdón, Moisés pidió a Di-s que perdonara a la nación por el pecado de maledicencia de los espías, diciendo: Slaj Na Laavon Haam Haze. Oraciones similares pidiendo perdón fueron vertidas por Iermiya, Ieshaya, Amos y otros. Parece que el término Slijot proviene del Libro de Daniel, al exclamar Daniel en su plegaria en Babilonia, La Adon-i Elokeinu Harajamim Ve Haslijot, "Al Señor nuestro Di-s pertenecen la compasión y el perdón", Todas estas citas demuestran la enorme importancia que algunas de las más grandes figuras bíblicas han adjudicado a la plegaria de Slijá.

Cuando nuestras oraciones fueron definitivamente fijadas por los hombres de la Magna Asamblea y ellos redactaron el Shemoné Esré, incluyeron en ella una oración de Slijá: Selaj Lanu Avinu Ki Jatanu Mejal Lanu Malkeinu Ki Passhanu, "Perdónanos, oh Padre Nuestro porque hemos pecado; discúlpanos, oh Nuestro Rey, porque hemos transgredido".

Respecto al origen de las Slijot, el Midrash tiene la siguiente historia ilustrativa: El Rey David estaba profundamente preocupado de cómo Israel podría una y otra vez obtener el perdón del cielo por sus repetidas faltas. Y es así que el Santísimo, Alabado Sea, le dijo: "Toda vez que Israel se sienta afligido por sus pecados, que vengan ante Mí unidos en la oración, que confiesen sus faltas y pronuncien la oración expiativa especial, las Slijot, y Yo los perdonaré".

Rabi Iojanán comenta en el Talmud que esto fue revelado en los Trece Atributos de la Misericordia Divina, que son las frases dominantes de la Slijot y en todas las oraciones de arrepentimiento: (1) El Señor, (2) El Señor, (3) D-s, (4) Misericordioso (5) y clemente, (6) lento en ira y (7) abundante en benevolencia, (8) y Verídico; (9) que provee con benevolencia hasta la milésima generación, (10) que perdona la iniquidad, (11) la trasgresión, (12) Y el pecado, (13) limpiando a los que se arrepienten...

Estas características Divinas fueron proclamadas a Moisés - y como Rabi Iojanán figurativamente lo expone, -"El Santísimo, Alabado Sea, cubrió con el Talit, tal fuera el Lector de una congregación y le mostró a Moshe el Seder Ha Slijot ", el orden de las Oraciones del Perdón. El le dijo: Toda vez que Israel peque, que pronuncien estas plegarias ante Mí y Yo los perdonaré".

Comenzamos a leer las Slijot el domingo anterior a Rosh Hashaná. Si, no obstante, la Festividad cae en lunes o martes, comenzamos a decir Slijot el domingo de la semana precedente. Como estas oraciones deben ser pronunciadas por la mañana temprano, ha surgido la costumbre en muchas congregaciones, de leer la primera Slijot el sábado por la noche Los Sefaradim comienzan a decirlas ello de Elul y continúan mañana y noche durante todo el mes.