La chomba decente


Tengo una chomba de manga corta en el ropero, y un nuevo cumpleaños el próximo 20 de agosto, cinco días después de la desconexión israelí de Gaza. Para serles sinceros, tengo más de una chomba de manga corta, pero la naranja es la única que no tiene manchas y está en condiciones de ser usada en eventos tales como la firma de ejemplares en una librería, la asistencia un magazín televisivo o, incluso, en el bar-mitzvá de algún primo.

“La chomba decente”. Así la llama mi mamá para distinguirla del resto de mis chombas –en mal estado, raídas, impresentables- parapetadas en el armario. Pero en tiempos como los que corren, tiempos de amargos conflictos y confusiones aquí, en Israel, cuando los colonos y sus seguidores se han apropiado ya del color naranja y lo han tomado para sí como símbolo de la férrea resistencia contra la retirada –blandiendo cintas y calcomanías naranjas frente a automovilistas y transeúntes-, hasta una simple chomba, común y corriente, implica, al parecer, una toma de posición.

El miércoles último, de regreso de una lectura en una librería de Tel-Aviv, me vi abordado por un muchacho gordo, barbudo, que llevaba puesta una kipá color naranja. Me estrechó en un dulce, efusivo abrazo, y me dijo: “Hacé una mitzvá, hermano, ayudanos a repartir las calcomanías”. Entre sus manos regordetas aferraba un puñado de calcomanías con la frase: “Un judío no desaloja a otro judío”.

Porque soy poco afecto a las efusiones de desconocidos, y porque además creo que, de vez en cuando, cuando se pasan de la raya, los judíos de veras necesitan ser desalojados por otros judíos –al menos ser encaminados, a los codazos, en la dirección correcta-, la propuesta me pareció algo desconcertante.

“Disculpe, no puedo ayudarlo”, le confesé a mi sonriente rival político. Como muestra de coraje cívico, agregué: “mi mujer me espera en casa”. “Hermano”, siguió hablando el gordito, empapado de sudor, “querido hermano naranja, dale una mano a este judío. Después de todo, es un deber sagrado”. “Es que ella no se siente bien”, insistí con tono gallardo. “Además, está embarazada. El doctor me ordenó que no la dejara sola mucho tiempo”. “Ella no está sola”, dijo el gordito guiñándome un ojo, “el Todopoderoso está con ella y te envió hacía mí, directo desde el Cielo. Tomá, agarrá unos stickers”.

Antes de que pudiera aclarar mis concepciones agnósticas y sus implicancias ontológicas respecto al supuesto grado de soledad de mi esposa, en compañía del Creador, un grueso manojo de calcomanías aterrizó en el bolsillo de mi chomba naranja. “Vos repartí en la calle Arlozorov”, me ordenó el barbudo, “yo me encargo de Ibn Gvirol. Que D’os nos ayude”. Sonreí de manera forzada, asentí y salí volando de aquel lugar. Una vez en casa, mi inquisitiva mujer mostró un particular interés por aquellas calcomanías que asomaban desde el bolsillo de mi chomba. Cuando intenté explicarle, me conminó a desprenderme cuanto antes de aquella remera.

“Pero no puedo hacerlo”, me defendí. “No puedo tirar esta chomba, es la única buena que tengo”. “Tenés otras remeras”, insistió, “podés usar la negra que tenés”. “Me queda mucho mejor la naranja”, argüí. “Además, la negra tiene una mancha de tjina. “Entonces vas a usar una remera manchada, gruñó mi mujer, “estamos ante una situación de vida o muerte”.

El verdulero árabe estaba de mi lado. “¿Para qué tirarla?”, preguntó. “¿Cuál es el problema que sea naranja? ¿Acaso, debido a este plan de desconexión, se supone que yo debo dejar de vender zanahorias? ¡No es más que un color estúpido! Un color que estaba aquí antes que nosotros y que seguirá existiendo cuando ya no estemos. A mí nadie me va indicar qué color simboliza qué cosa”.

Envalentonado por las palabras del verdulero, y por la media sandía que acababa de comprar, enfilé para casa con la frente bien alta. Pero poco antes de llegar a la senda peatonal, un joven, de rostro pálido, con un cigarrillo entre los labios y una taza de café, de plástico, entre las mano, me reconoció y me espetó. “¿Y vos te considerás un intelectual? ¿Un escritor?” Señalaba el bolsillo de mi chomba, detrás del cual, se suponía, debía de latir mi corazoncito naranja. “Sos un colono ocupante, eso es lo que sos”. “No, no lo soy”, repliqué. “La compré de oferta, a 64 shekels, el verano pasado, mucho antes de que se empezara a hablarse de desconexión. Entonces la gente aún veía el naranja como un color sensual y juvenil, sin ninguna implicancia política”. “Andá a contarle ese cuento a otro, vos sos uno de esos pelotudos fascistas de derecha”, dijo el cara pálida, derramando sobre mí toda clase de insultos y media taza de café. “Ayer te vi en la calle Arlozorov con esas calcomanías en el bolsillo".

Mi esposa asegura que no hay lavado capaz de borrar las manchas de café. Aunque no le creo del todo, decidí no consultar una segunda opinión y tirar la chomba a la basura. Estamos atravesando tiempos difíciles e imagino que no es el momento indicado para usar chombas decentes. De esta manera, sin haber recibido cobertura de los medios ni llamados de condolencia, me convertí en la primera víctima del plan de desconexión. Apenas una víctima de la moda, es verdad, pero una víctima al fin. Cuando lleguen el tiempo de las próximas ofertas de liquidaciones, ya me juramenté ir por el amarillo patito, el verde esperanza, el marrón caca, o cualquier otro color lo suficientemente repulsivo como para que a ningún movimiento político se le ocurra ocuparlo y reclamarlo para sí. Ni ahora ni nunca.

Cuento sobre un chofer que quiso ser Dios


Esta es la historia de un chofer de colectivos que nunca quiso abrir la puerta de su vehículo a pasajeros retrasados. A nadie. Ni a alumnos de la secundaria, que solían correr tras el micro y gritarle con ojos llameantes. Ni a algunas nerviosas personas, envueltas en impermeables bajo la lluvia, que golpeaban los vidrios de la puerta, porque sostenían que la culpa del atraso no era de ellos, sino seguramente del chofer. Decían que éste había salido de la terminal unos minutos antes de su turno. No les abría la puerta incluso a viejitas que llegaban ante el colectivo cargadas con paquetes, que le rogaban con sus manos unidas en plegaria y petición para que les parara y las dejara subir. No les paraba no por ser un malvado, ni por tener un hueso atravesado en su garganta.

Era una cuestión de ideología.

Calculaba que si le paraba treinta segundos a cada uno, y digamos que contaba unos sesenta pasajeros por vuelta, que no se atrasaban, esto le daba derecho a no abrirles la puerta.
Sabía que la mayoría de los retrasados pensarían que era un hijo de perra, un descastado.
La persona que mas sufría gracias al chofer era Edi.

Pero este era distinto de todos los otros. Nunca corrió detrás de un colectivo. Tan haragán y despreocupado era.

Trabajaba como asistente del chef en un restaurante. La comida allí era como para desmayarse. Pero Edi era una buena persona. Cuando un plato no le salía muy apetitoso, salía de la cocina y se disculpaba ante los clientes.

Sucedió durante una de estas disculpas que se conoció con una joven, linda y llena de gracia. Ella se esforzó en deglutir el espantoso plato que Edi había cocinado.

Cuando él le pidió su dirección o su número telefónico, ella se negó. Pero no tanto como para no aceptar su invitación a encontrarse al día siguiente en el delfinario cercano.

Edi tenía una debilidad, se atrasaba siempre diez minutos, y no había despertador que lo ayudara. Decidió entonces no dormirse una siestita, como solía hacer después del trabajo del mediodía, y se quedó mirando televisión. Así se quedó profundamente dormido, sentado, como un asesinado. Despertó pero ya habían pasado diez minutos de la hora fijada. Salió corriendo de su casa y corrió detrás del colectivo. Nadie se interpondría entre él y su nueva enamorada, salvo el chofer, quien recién había empezado a mover su colectivo. Vio a Edi por el espejo lateral, pero era un hombre de fuerte ideología. A Edi su ideología le importaba como la nieve disuelta del año anterior. Solo quería llegar en hora a su cita. Pero el chofer no se detuvo.

La suerte de Edi se dio vuelta de pronto, aunque no del todo. A 100 metros de la parada de colectivos colgaba un semáforo, que se puso en luz roja cuando el chofer iba llegando allí. Mas muerto que vivo Edi llegó hasta el colectivo, y se paró junto a sus puertas. Luego se arrodilló y miró al chofer con ojos húmedos y empezó a suspirar fuertemente. Esto llevó al chofer a recordar algo de su pasado.

Antes de ser chofer él había deseado ser Dios. Recordó que había decidido que de lograrlo, ser Dios, hubiera sido muy entregado y cordial con sus criaturas. Por eso, al ver a Edi de rodillas ante el colectivo, olvidó su ideología y abrió la puerta.

Este hubiera sido el mejor momento donde interrumpir esta historia, porque la joven, a pesar de la temprana asistencia de Edi, no había llegado, ni nunca llegaría.

Ella ya salía con otro.

Y qué? Era muy leal, y no pudo contárselo a Edi en el primer momento.

Edi la esperó casi dos hora exactas. Y mientras la esperó sentado en un banco lo abordaron ideas muy tristes. Ideas sobre la vida y sus límites, y mientras miraba la puesta del sol pensaba en cuánto le dolerían luego los huesos, después del esfuerzo que había hecho corriendo detrás del colectivo.

En camino hacia su casa, volvió a encontrarse con el chofer y su colectivo. Pero esta vez sabía que no tendría ya fuerzas para perseguirlo. Iba caminando y sintiendo que no podría alcanzar al colectivo. Sentía dolor en cada célula de sus músculos y no tendría ya fuerzas para correrlo. Caminó lentamente hacia la parada mas cercana, vio que el chofer lo estaba esperando. A pesar que los pasajeros le reclamaban que empezara el viaje, que le gritaran y patalearan, para obligarlo a partir, el chofer esperaba, lo esperaba a Edi.

Cuando el colectivo por fin arrancó, el chofer miró a Edi por el espejito que tenía en un rincón, y le brindó un gesto, era una sonrisa, casi una mueca, pero que ayudó a Edi a superar el difícil momento vivido.

Juventud y comunidad: Los ausentes con y sin aviso


Intentaré presentar algunas ideas sobre los motivos por los qué los jóvenes[1] no logran encontrar en la comunidad un marco apropiado de participación y/o pertenencia, concordante con que las comunidades tampoco hallan mecanismos apropiados para la contención de los mismos.

Sin duda la edad de referencia es la más dispersa, y por ende la más difícil de llegar a los grupos que participan en los marcos comunitarios.

Tanto a niños y adolescentes los podemos encontrar en los colegios primarios, secundarios judíos y otros espacios de educación no formal. A los adultos y mayores los encontramos en las distintas comunidades, templos e instituciones socio-deportivas.
¿Dónde están los jóvenes? He aquí la primer dificultad, el no poder encontrar de manera fácil, eficaz y masiva a los jóvenes de esta edad.

En la comunidad no existe ninguna base de datos centralizada que contenga la información mínima de los jóvenes universitarios por más que estos hayan pasado por diversas instancias en las entidades comunitarias. Los datos no se conservan, no se centralizan y no se actualizan, por lo cual es muy difícil lograr una comunicación o contacto con ellos.
La inexistencia de una base de datos impide conocer algunos indicadores básicos referentes a esta población como por ejemplo: área de estudio, interés y otros como para poder concretar propuestas y una convocatoria más eficaz con información más precisa dependiendo de cada perfil.

Las comunidades expresan gran preocupación por el tema pero al ver las inversiones de recursos humanos y económicos para el desarrollo del área joven podemos entender el porque de tan magros resultados de propuestas y participación juvenil. Sería injusto no reconocer aquí el esfuerzo que algunas instituciones realizan en tal sentido pero igualmente no son suficientes ni proporcionadas al número y tipo de población en relación a otras franjas etáreas de nuestra comunidad.

En muchas oportunidades se da también que los mayores son los que diseñan los espacios para jóvenes. Los adultos de la comunidad tienen un “joven imaginario e idealizado” que no existe. Cada vez que el joven a través de su actitud “no responde” al imaginario del adulto; el adulto se frustra y se enoja con él. De ahí que el adulto abandona su interés por “ocuparse” del joven y pasa a “preocuparse” por él.

Otras veces se trabaja con los jóvenes con los mismos modelos de cuando eran adolescentes: es un error porque hay que desarrollar modelos de trabajo apropiados para cada edad, y en esta edad especial tomar en cuenta que no con un solo modelo o proyecto se pueden abarcar los diversos intereses de estos jóvenes, por lo cual la propuesta tendrá que ser múltiple y variada.
En el interior del país generar una propuesta de actividades de estas características trae dificultades extras ya que allí la situación se complica por ser la masa critica es pobre y la gran mayoría comparten los mismos espacios y están saturados del contacto permanente.

Otra de las falencias a destacar es la escasa o casi nula existencia de profesionales formados o capacitados para armar, desarrollar y sostener proyectos específicos para esta edad como así también la ausencia de material teórico o trabajos de investigación serios sobre la edad para ser considerados. La comunidad y los espacios de formación comunitaria no han propuesto estos espacios salvo honrosas y puntuales excepciones. Por lo cual el área de jóvenes es manejada de manera intuitiva y basándose en experiencias de éxito y fracaso, con escasa planificación a corto, mediano y largo plazo. Además se carece por parte de las comunidades de una política clara en lo que se refiere a estas edades.

Sobre el compromiso con la institución. Aquí aparece el conflicto entre la modernidad y la pos-modernidad. Las instituciones por un lado desean que los jóvenes este cien por ciento comprometidos e identificados con la institución, esto significa estar y participar siempre. Hay jóvenes que podrán cumplir con esas expectativas pero otros que no, otros están dispuestos a comprometerse en menores porcentajes. Estos últimos no encuentran manera de insertarse ya que en las comunidades se piensa la participación a todo o nada[2].

La comunidad no ha sabido encontrar un eje aglutinante y movilizador de la juventud y no ha generado políticas ni estrategias para ello, más allá de que el contexto pos-moderno no ayude a ello. En otras épocas fue el sionismo en donde las Tnuot y las Jativot Universitarias florecían a lo largo y ancho del país, la Aliá a los Kibutzim como consecuencia de aquel proceso, el activismo y la militancia política en los ´70 dentro y fuera de la comunidad, la participación comunitaria religiosa signada en el marco del movimiento conservador con gran auge en los ´80 y el crecimiento de la actividad socio-deportiva en ´90 a modo de ejemplo.

En muchos casos también se dan impedimentos económicos para la participación porque existen cuotas o pagos que hay que realizar para acceder a cierto tipo de actividades, no contando gran parte de los jóvenes, aun con la independencia económica de sus padres y dándoles pudor pedir dinero extra para cubrir dichos costos u otros.

Sobre el sistema educativo comunitario también caben algunas observaciones. Luego de atravesar el proceso educativo comunitario tanto formal como no formal, en muchos casos más de doce años los jóvenes no salen concientizados acerca de la importancia de la vida en comunidad, de la importancia del involucramiento y de la participación personal y a los dieciocho años se alejan del marco comunitario. Además muchos de los contenidos aprendidos en ese proceso les son inútiles u obsoletos como para poder sostener una identidad judía adulta ya que en su memoria la mayoría de los conocimientos remiten a relatos infantiles o a temáticas abordadas de manera incompleta y poco profundas. Un factor determinante es la reducción de horas de estudio judaico en la currícula escolar y al reemplazo de estas horas por otras materias alejadas de lo judaico. Asimismo también podemos inferir que la falta de capacitación docente y la poca preparación para enfrentar a un adolescente hoy en día deja también sus marcas negativas. Parte de esta situación se motiva por diversos factores que no se analizarán por no ser tema del presente articulo entre ellos des-jerarquización del docente del área judaica y la falta de estímulos.

Quedará para otra oportunidad realizar un abordaje del tema desde la perspectiva y el imaginario que el joven tiene de las comunidades y de sus propuestas. Como decían nuestros sabios en Pirkei Avot[3]: “no estamos obligados a terminar la tarea, pero tampoco estamos eximidos de comenzarla”. Espero que estas líneas ayuden a la compresión de la problemática e inspiren algunas reflexiones a fin de poder concretar una acción de cambio para el trabajo en el área de juventud.

Enrique M. Grinberg

[1] En todo el artículo donde se menciona la palabra joven o jóvenes se refiere a la edad de 18 a 30 años.
[2] En estos últimos tiempos han aparecido diferentes propuestas que demandan compromisos más acotados y temporales que comienzan a marcar una nueva tendencia en el área.
[3] Tratado de principios

La ausencia de lo obvio


Cierto día lo obvio se sintió más obvio que de costumbre.

Fue en ese momento que decidió no verse tan obvio, y se dispuso a probar la ausencia para dejar de sentirse tan obvio frente a los ojos de todos.

Quería saber si para la gente la ausencia de lo obvio modificaba en algo sus vidas.

Dudo al principio de si era correcta su decisión; temió que nadie se diera cuenta de su ausencia, por lo cual temía ser confundido con innecesario.

El era obvio que no significa innecesario; pero no estaba seguro que los demás comprendieran la diferencia.

Temió que lo olvidaran, ya que de hecho muy pocos lo recordaban.

Ocurrió lo que temía: que por ser simplemente obvio lo olvidaron, ya que siempre había cosas más importantes que lo obvio como para tenerlo en cuenta.

Dolido por sentirse innecesario y olvidado, lo obvio decidió cambiar de estrategia y resolvió corporizarse en naturaleza, para ver si por ese medio alguien se acordaría de lo obvio.

Se convirtió en sol y lo hizo desaparecer.

Era tan obvio que el sol saliera todos los días, que nadie se preocupó pensando que ese era un día nublado. Pero el sol nunca mas apareció.

Se trocó en luna y la hizo desaparecer.

Era tan obvio que la luna iluminara el cielo, que algunos pensaron que esa noche había luna nueva. Pero la luna nunca más se asomo.

Entonces decidió tornarse en oxigeno y lo hizo desaparecer.

Era tan obvio encontrar el oxigeno en la atmósfera que nadie se preocupo por su posible ausencia. Y ocurrió lo obvio: ningún ser viviente respiro.

Enrique M. Grinberg

Oda al fruto del amor (por venir) de mis amigos Shira Geffen y Etgar Keret


Afortunados serán los hijos cuya sangre se ha fraguado en el desafió (Etgar) y en la poesía (Shira).

Sus pequeños oídos escucharan maravillosos cuentos únicos que aquellos que le han dado la vida podrán imaginar, dibujar y contar.

Con dulzura especial paternal los narrarán, con maternal histrionismo los personificaran.

Conocerán antes que cualquier otro niño cuentos fantásticos, con moraleja, fábulas, y profundas reflexiones sobre el bien y el mal.

De sus padres aprenderán el amor por el otro, el compartir, el ser solidarios, la creatividad. Aprenderán también a comer verduras y a disfrutar de una tarde de sol y todo aquello que los hará personas de bien.

De sus abuelos escucharán historias lejanas y sentidas de un pueblo que sufrió el dolor pero que pese a la adversidad antepuso el esfuerzo por continuar con la vida de la manera más digna posible, con un nombre y con un apellido que nada ni nadie podrá borrar.

Ellos con tierna mirada y caricia profunda los habrán de mimar y admirar.

De ellos aprenderán el concepto de amor, memoria y desafío.

Otros abuelos les cantarán muchas canciones para las cuales unieron muchas letras que encontraron en una sopa, les leerán poesías llenas de vida, les recitarán monólogos con alta crítica política e inteligencia y con mucho compromiso hacia la sociedad.

De ellos aprenderán el valor de la palabra, de decir, de escuchar, de entregar y de entregarse.

De sus tíos aprenderán la diversidad y mucho más.

Primos como estrellas en el cielo por una parte tendrán, como dice la torá de ella la fe aprenderán.

Por otro lado conocerán el verde de la esperanza en la lucha por un ideal y la justicia social.

El Che Guevara, oriundo de mis latitudes dijo: Podrán cortar todas las flores pero no podrán terminar con la primavera.

Del otro tío aprenderán a cantar, a encender la luz de la luna para que brille la paz y nunca cese esa canción a la esperanza en pos de un futuro mejor como el que antes que nazcan ya se merecen.

Por ultimo de todos ellos aprenderán lo que he escrito y mucho más, el amor sincero de la familia y por supuesto el valor de la amistad.

Con afecto.

Enrique M. Grinberg
24 de Enero de 2005

Pensando el Majon Rabin (Escuela de Madrijim)


Ante todo quiero agradecer a Nurit Gershon la invitación que me hizo para participar de este panel y permitirme expresar algunas ideas sobre el tema que nos convoca.

Rabí Shimón en Pirkei Avot, Tratado de Principios dice: “Crecí entre sabios y no encontré nada mejor para el hombre que el silencio; lo esencial no es la teoría sino la acción, y hablar demasiado hace caer en falta”.

Aquí estoy entre dos sabios panelistas (Lic. Jorge Elbaum y Lic. Natán Sonis) y lo mejor que podría hacer es callarme y escucharlos, pero en fin me invitaron para hablar y no para callar así que les digo que me siento honrado en poder participar junto a ellos de este espacio y espero no caer en falta por ello.

Sabiendo de antemano que la idea es tomar esta jornada como una brújula para diseñar la ruta de una futura Escuela de Madrijim me permitiré aportar algunos conceptos que expondré a continuación.

Volviendo a la frase de Rabí Shimón creo que la acción es una palabra clave y central para nuestra tarea, sin menospreciar obviamente a la teoría. La acción que es iniciativa, compromiso y realización, debe ser el eje de nuestro trabajo para que estos futuros Madrijim puedan convertirse en los protagonistas activos de una nueva historia comunitaria.

Algo ambicioso no?. Pretender que los jóvenes se pongan en movimiento y sean protagonistas y no espectadores. Hablar de acción, iniciativa y compromiso en la posmodernidad es como vulgarmente se dice pedirle peras al olmo. Pero creo que en una Escuela de Madrijim, en una Tnuá Noar y otros espacios similares podemos darnos ese gusto de pedir lo imposible y tratar de gestar el cambio tan deseado.

La educación no formal en su nacimiento fue revolucionaria e instituyente, estas características perduran hasta hoy intrínsicamente en ella y es bueno recordarlo. Aunque no tenga la misma fuerza revolucionaria e instituyente, ni la mística y la pasión de antaño, tenemos en la educación no formal un pequeño generador de cambio que perduró en el paso de la modernidad a la posmodernidad, y que se puede convertir en una usina, que puede potenciarse nuevamente y ser factor de un cambio radical.

La posmodernidad le ha hecho mella ya que mucho de la Hadrajá se basa en esas palabras que he mencionado acción, iniciativa, compromiso y realización voluntaria que son casi malas palabras para esta edad de la civilización.

Soy un convencido que la educación no formal puede hacerle mucho más daño a la posmodernidad de lo que ella de hace a este sistema educativo si es que luchamos porque ocupe un lugar de privilegio en nuestras comunidades.

Es por ello que somos más que responsables por desarrollar y transmitir los contenidos e instrumentos creativos que permitan recuperar el espacio de las utopías, sueños, acción y realización, para que las adopten como propias estos futuros Madrijim y los que les sigan.

Si realmente logramos identificar a los espacios no formales como ser Escuelas de Madrijim, Tnuot Noar y otros espacios grupales como espacios de "contra-cultura" en estos tiempos posmodernos podremos dar otra dimensión a la tarea y por ende nuestro desafió será aun mayor para logra revertir esta situación de inercia social y juvenil.

El judaísmo es revolución y contra-cultura, es por ello que sobrevivió tanto en los días felices como en días de tristeza.

Una frase que me gusta mucho del Dr. Janán Nudel dice que uno transmite lo que tiene vivo en uno. El judaísmo es algo que se transmitió de generación en generación. Es ese espíritu vivo de no resignación, de búsqueda y de una obcecada decisión de vivir y sobrevivir lo que siempre lo mantuvo vigente y cambiante.

Piensen en esto: ¿A quién se le ocurre decir que hay un solo Dios en épocas politeístas?. Obviamente a Abraham el primer Monoteísta. ¿A quién se le ocurre liberar a un pueblo de la esclavitud en Egipto?. A Moshé, nuestro gran maestro. De cruzar el mar rojo a pie sin un puente, de bajar con dos tablas y diez mandamiento y hacer popular esta ley, de tener un libro como el Talmud donde uno discute con otro viviendo en la misma o distintas épocas, planteando de manera objetiva la diversidad de ideas ¿acaso eso no es revolución y contra-cultura?.

Acercándonos el tiempo el ejemplo del idealista Thedoro Herzl hablando del sueño, de la leyenda y la realidad, Mordejai Anilevich y su rebelión en el Guetto de Varsovia, el renacimiento de la vida judía plena en Israel, el idioma hebreo, la reunión de los judíos dispersos por más de dos mil años en los confines del planeta, como explicamos eso si nos remitimos a la pura lógica, somos un pueblo ilógico y lo debemos sostener con orgullo. Si nos hubiéramos guiado solamente por la lógica quizás hoy no existiríamos como pueblo. Que hoy estemos hablando aquí y construyendo algo diferente es testimonio de aquel pasado que se hace presente para convertirse en futuro.

Una frase del aquel cada vez más lejano Mayo Francés de 1968 me parece que define de forma interesante el milagro de la continuidad nuestro pueblo y dice: Si lo que ven no es extraño, la visión es falsa (Sorbona). Sí, somos un pueblo diferente y extraño que encierra en si mismo el navegar contra la corriente si no lo vemos nuestra visión es falsa y errónea.

Debemos desandar en este espacio de formación de formadores parte de los impactos nocivos de una sociedad egoísta y contrarrestar los vicios que aprendieron en otras instancias educativas caducas.

Debemos desarmar el concepto de una realidad virtual y disociada, como por ejemplo el fenómeno de los medios masivos en donde en la televisión se ve una cosa y en la realidad otra, que existe una ley pero que todo se puede arreglar con unos pesos, de que se sabe o no por una nota de uno a diez, que el resultado siempre es un simple número, que el mejor es siempre el que tiene éxito. Debemos enseñar a que la pregunta, la discusión y el disenso no son malas, que tener ideas propias y no repetir como loros lo que el otro quiere escuchar para darnos su aprobación es bueno, natural y válido.

Creo en los espacios colectivos, creo que estos espacios son el lugar al cual debemos enfocar y convertir a estos futuros Madrijim en un verdadero grupo en donde el saber y el aprender se compartan y no crear una serie de personas juntas que aprendan y repitan un mensaje idéntico.

Debemos hablarles del “Kol Israel Harevim Ze La Ze”, de la mutua responsabilidad de los unos por los otros.

Créanme hay hoy en día instituciones que están proponiendo destruir este modelo grupal en el cual uno aprende del otro, en el cual existe un saber compartido, en el cual de socializa el saber.

Ellos proponen modelos posmodernos donde cada uno busca su interés sin importar el otro y los invitan a realizar actividades zapping hoy tenés esto, mañana lo otro y no importa quien está o quien falta, ya que no necesitan el compromiso ni el intercambio entre personas para realizarlas, solo transcurrir por una o por otra, no se busca la continuidad sino la inmediatez y el efecto, la fascinación tecnológica y el vértigo.

Volvamos a pensar las palabras de Ben Zomá que no sabia de teoría de grupos pero si conocía la importancia del otro y dice: “¿Quien es el sabio?. Solo aquel que aprende de todos sus semejantes”.

Enseñemos que necesitamos al otro para completarnos, como en tiempos bíblicos en el desierto en el momento de censar al pueblo judío y sabiendo que estaba prohibido contar a las personas como números se pidió a cada miembro del pueblo de Israel que aporte medio shekel y así se realizó la cuenta censal. Los sabios se preguntaron porque medio shekel y no un shekel entero que sería más fácil de contar y la respuesta fue que el medio shekel simboliza que uno no está completo sin el otro y así es en nuestro pueblo y en nuestras vidas.

A estos modelos egoístas y tecnócratas nos debemos oponer. Debemos concientizar a los futuros Madrijim para que sean activistas en este sentido de crear y/o recuperar un espacio diferente a lo que nos propone la cultura hoy en día en comunidad.

Hagamos un espacio donde la calidad ocupe un lugar privilegiado por sobre la cantidad. Debemos ayudarles a estos futuros Madrijim a crear nuevas varas de medición de éxito o el fracaso, nuevos parámetros que no sean solo números, porcentajes y estadísticas.

Remitiéndome al la frase del comienzo, creo que hay que balancear el equilibrio entre la acción y la teoría que ninguna puede ni debe estar ausente en un proceso formativo.

El saber teórico debe convertirse en el marco conceptual para interpretar o reinterpretar lo que de la acción devenga o ser el generador de nuevas acciones.

La futura Escuela de Madrijim de Habonim Dror y el Sholem Aleijem a mi entender debe ser un espacio de estudio, experimentación y vivencia, diseñado conociendo bien lo que significa al día de hoy ser joven judío y argentino. Teniendo bien en claro que procesos queremos generar en estos jóvenes y que procesos queremos que ellos generen en las próximas generaciones de Janijim.

Debemos orientar nuestra tarea formativa hacia la acción concreta y coherente acercando la distancia entre el decir y hacer y guiar a los futuros Madrijim en este sentido para que ellos también se hagan eco de este potente mensaje.

Hecha ya la revolución…, digo la introducción… daré algunas ideas que me parecen interesantes incluir en este proceso formativo, y no incluiré en esta descripción materias que deben estar y que tienen que ver con metodologías o conceptos que me imagino se incluirán.

Considero que la experiencia vivencial debe estar presente y debe constituir un momento de relevancia en la futura Escuela de Madrijim.

Vivenciar la celebración de los Jaguim y distintas conmemoraciones del calendario hebreo con lo que ello implica.

Por otro lado también es fundamental el que puedan tomar contacto directo con diversos actores sociales que gestan proyectos comunitarios como ser comedores populares, redes solidarias, agrupaciones políticas como Memoria Activa, Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, Hijos, Greenpeace, el trabajo por la integración de los discapacitados, , etc…

Vivenciar el compromiso social y comunitario me parece que no solo debe quedar en una experiencia valiosa sino que debe convertirse en un pilar para poder comenzar a trabajar un modelo diferente que incluya otras realidades. Debemos también intentar traducir estas vivencias y modelos en términos de una cosmovisión judía para que puedan identificar estos valores como propios como parte de el legado de nuestra cultura y tradición judía para hacerlos propios y aplicarlos.

Descubrir la esencia judía y el aporte hecho por el pueblo judío a la humanidad a partir de la vivencia.

Como ejemplo el tema de la identidad en el caso de Abuelas de Plaza de Mayo y la Agrupación Hijos. El tema de la búsqueda de justicia y verdad en el caso de Memoria Activa, el caso de la Tzedaká entendida como justicia social en las redes solidarias y así en cada uno de los proyectos que se visiten.

En síntesis mostrar que mucho de los valores humanistas están comprendidos en el judaísmo como algo medular, la conciencia de esto nos permitirá redimensionar de lo judío y dotarlo de vida, vigencia e identificación por parte de estos jóvenes.

El encuentro con intelectuales, creo que hay personajes que los jóvenes deben conocer y encontrarse con ellos en forma organizada gente que ha sido referente de lo comunitario y de la educación no formal a modo de ejemplo, entre tantos otros, el Dr. Janán Nudel.

Debemos construir una lista de libros básicos que el Madrij debe leer antes de terminar la Escuela de Madrijim, autores argentinos, israelíes, europeos, etc.. Debemos contagiar a estos jóvenes el orgullo de ser el pueblo del libro.

Tenemos que dotarlos de conocimientos constitutivos de la comunidad judía argentina pasando por la historia de la llegada de los primeros judíos inmigrantes hasta el día de hoy. Saber como se organiza y estructura la comunidad judía en la Argentina y que rol cumple cada
institución.

La cultura como herramienta en pos de la identidad

Debemos incentivar en la Escuela de Madrijim a la generación de una diversidad de opciones que permitan desarrollar sus aptitudes creativas y reflexivas. La multiplicidad de disciplinas, los formatos diferentes de acción y el pluralismo expresivo, servirán como herramienta para la resignificación de la cuestión identitaria.

Hablar de cultura e identidad es hablar de narración, es pensarse uno mismo a través de la expresión.

Israel como centro

El desafío está en poder identificar a los jóvenes con un Israel diferente en donde el conflicto es parte y no el todo de la sociedad israelí. Israel es vida, es cultura, es discusión política, es música, cine, teatro, es paisaje, es Jerusalem y Tel Aviv.

Debemos procurar desistitucionalizar el vínculo con Israel, que no sean funcionarios los que hablen, poder crear canales de contacto entre pares.

¿Y por que Israel cómo centro?

Porque creo que es la construcción colectiva más importante de los últimos tiempos del pueblo judío. Por que Israel significa la concreción de una utopía, de un sueño, la acción y la realidad pensada por una contracultura revolucionaria y que tiene mucho de lo que tiene que tener nuestra nueva escuela de Madrijim.

Muchas gracias.

Ponencia presentada en el foro de pensamiento y diseño del Majon Rabin
Enrique M. Grinberg

Noviembre 2004

Un homenaje actual a ciento diez años de la Kehila (comunidad) de Basavilbaso


En la película “De Toledo a Jerusalem”, el cantante israelí, Yehoran Gaon, cuenta una historia ligada a sus ancestros que se remite a la época de la inquisición sufrida por los judíos en España.

Comienza contando de uno a tres en forma pausada: una, dos tres, señalando con el dedo índice al firmamento. Tres estrellas apercibidas en el cielo al anochecer del día viernes, anuncian la llegada del Shabat, día de sagrado reposo.

En su niñez él no entendía porque su padre le prohibía con rigor contar estas estrellas señalándolas una a una con el dedo índice. Más tarde, al crecer, su padre le explicó que de esta manera los soplones de los inquisidores descubrían a los judíos conversos que observaban en secreto los mandamientos de la ley judía y al ser identificados como judíos se los enviaba a matar inmediatamente.

Esta historia se transmitió de generación en generación en la familia Gaon y es a través de ella que podemos entender el sufrimiento y el temor que tenían aquellos judíos de ser descubiertos.
¡Cuánta fuerza tuvo esta historia que siguió vigente hasta la actualidad, aun viviendo en libertad el pequeño Yehoram no podía señalar las estrellas!.

Años pasaron de aquel triste suceso que aniquiló a gran parte de la judería en España y fue luego en otro lugar donde se repitió la misma historia de odio y destrucción.

Esta vez no se llamaba inquisición, se llamó pogrom. Nuestros antecesores sufrieron en la Rusia Zarista y en tantos otros lugares crueles persecuciones, humillantes golpizas y asesinatos por parte de los cosacos y otros era estos violentos inhumanos herederos de Amalec pero perseguían un mismo objetivo aniquilarnos.

Una vez más había que partir, la historia del judío errante se repetía una y otra vez, llevando de exilio en exilio sobre las espaldas miles de años de historia y sabiduría, de un pueblo disperso que no por mucho tiempo, podía echar raíces en los lugares en donde se asentaba.

Esta milenaria historia que llevaban consigo simbolizada en la Torá , a la que nunca abandonaron y cuidaron como valioso tesoro. Marchaban por caminos inciertos con sus familias, padres, hijos y nietos con paso firme pero a la vez temeroso en la búsqueda de nuevos horizontes en donde se les permitiera vivir en paz y libertad como judíos que eran y que querían seguir siendo. Siempre guardaron fidelidad y sostuvieron con honor su propia identidad como pueblo, llevaron consigo sus valores, costumbres y tradiciones que era lo único de valor que tenían más allá de sus propias vidas.

La incertidumbre no era poca al comenzar la marcha, América era algo desconocido y ajeno, la Argentina era el lugar de destino, un lugar que comenzaron a amar antes de conocer. Un largo viaje que comenzó a pie con pasos temblorosos e inseguros dejando el lugar al que pertenecían, el Shtetl, la pequeña aldea o la cuidad.

No hubo tiempo para mirar atrás por última vez y dejar grabada en la retina esa imagen del que fue su hogar hasta entonces; no era ese el momento para la nostalgia. Las lágrimas se escurrían por los rostros dolidos y nublaban la visión, pese a que la opción única y clara: irse, o morir en manos de los enemigos del pueblo de Israel.

Había que avanzar a pie al comienzo, continuar por sinuosos caminos en carros, subir al tren de vías infinitas, abordar el barco y hamacarse al compás de las olas. Cruzar el inmenso océano interminable, meses navegando y navegando sin pausa alguna.

Por fin vislumbraron la llegada a esa tierra tan esperada, aunque desorientados al no poder entender el idioma y otra cultura, con el susto de lo nuevo y lo diferente, pero esta vez sin el miedo que los había invadido en Europa. Si, es cierto que tenían incertidumbres, pero también la certeza que da el entusiasmo de encontrar ese soñado lugar en el cual plantar un nuevo hogar en la tranquilidad y la calma anhelada, pese a que no todo fue tranquilo y seguro para ellos al llegar al suelo argentino. La discriminación y el rechazo también hizo lo suyo en estas tierras, malones y gauchos amedrentaron a aquellos gringos recién llegados, sufrieron pestes y enfermedades, sequías y fuertes lluvias, más su espíritu de lucha y superación no se apagó ni menguó por las dificultades de los primeros tiempos.

Al llegar al puerto de Buenos Aires nuevamente comenzó ese andar esa marcha constante. Subir a un tren sintiendo nuevamente un trajinar de sensaciones, viajar en carro recorriendo nuevos y desconocidos paisajes y por fin aquietar la marcha lentamente para asentarse en el lugar de destino: Basavilbaso, como tantos otros lugares que fueron la cuna del judaísmo en la Argentina.

Dormir a la intemperie como lo hicieron nuestros hermanos a la salida de Egipto, reviviendo el gran éxodo al pasar de la esclavitud a la libertad.

Alzaron desde un comienzo bien alto y firme la bandera del compromiso con el judaísmo y con la vida en comunidad. Construyeron templos, escuelas, bibliotecas, comunidades, cooperativas y todo lo que les garantizaba la continuidad de una vida judía plena, y a su vez consolidaba la condición de inmigrantes temporarios a más estabilizados y arraigados. Siempre mantuvieron un lazo inquebrantable con la tierra de Israel y ese lazo continua hasta la actualidad fue la Argentina y Basavilbaso su pequeña tierra prometida, la Jerusalem de las pampas.

El primer Shabat, momento de reunión de todos en un espacio y un tiempo común. Levantar la vista al cielo y poder señalar sin miedo una a una las tres primeras estrellas y contar en voz alta una, dos y tres, sabiendo que no iba a ser fácil el comienzo, pero que de ellos dependía poder forjar en estas tierras un futuro promisorio para ellos, sus hijos y nietos. Era un sentimiento agridulce, mezcla de tristeza y alegría, que se intercalaban, ese agridulce que nos acompaña en nuestras tradicionales comidas que nos han sabido legar y deleitar.

Es hermoso recordar la inauguración del templo de la colonia número uno, en la mitad del campo, un Shabat muy especial, durante el cual la felicidad se notaba a flor de piel. Todos vestidos con las mejores galas. Mientras esperaban cantando el Iedid Nefesh a aquellos que venían a pie del monte, a aquellos que vivían más lejos de la Shil, uno a uno se reflejaban mutuamente en los ojos del otro iluminados por las tenues lámparas de kerosén que habían traído de la Rusia ancestral y pendian del techo como brindando testimonio de la luz de un pueblo que nada ni nadie podrá apagar.

En esos ojos se veían las lágrimas de tristeza, del dolor y del desarraigo, pero también se destacaba el brillo que emanaba de ellos por la felicidad que da el estar vivos y cantando juntos aquellas letras y melodías comunes que nos mantuvieron unidos a través de los siglos. El aire dispersaba estas melodías a los cuatro rincones de aquella pequeña sinagoga ubicada en la mitad del campo en la provincia de Entre Ríos. La vida fluía nuevamente y esa fuerza mágica que hacia la unión contagiaba el ambiente de santidad. "Que hermosas son tus tiendas Iaacov, y tus moradas Israel".

Hoy estamos nosotros aquí, ciento diez años después para recordarlos y honrarlos, para dar testimonio vivo de este compromiso de continuidad en comunidad, con nuestro presente, nuestro espíritu, con nuestra oración y con nuestras palabras.

Enrique M. Grinberg
Noviembre de 2004