Las planchas de plomo de la imprenta de Rom (*)

Como dedos que se estiran por entre barrotes
Para atrapar el aire luminoso de la libertad
Nos deslizamos en la noche para cargar
Las planchas de plomo de la imprenta de Rom.

Nosotros los soñadores, debemos volvernos soldados
Y fundir en proyectiles el espíritu del plomo.

Y abrimos de nuevo el cerrojo
De ese eterno retoño hogareño.
Blindados por las sombras, al resplandor de una lámpara.
Derramamos las letras línea a línea,
Como los abuelos, hace siglos en el templo
Derramaban aceite en los candelabros.

El plomo refulge al hacerse bala;
Pensamientos fundidos letra a letra
-una línea de Babilonia, una de Varsovia-
hierven, corren a adoptar la misma forma

Latente bajo palabras , el heroísmo judío,
Con su estallido debe conmover al mundo, ahora.

Y quien haya visto las armas en el guetto
Aferradas por heroicas manos judías,
Vio debatirse a Jerusalém,
Caer sus muros graníticos;
Entendió las palabras fundidas en los proyectiles
Y en el corazón reconoció su voz.

Guetto de Vilna, 1943
Avróm Sutzkever

Traducción :Eliahu Toker

(*) Tradicional imprenta editorial de Vilna que editó durante décadas numerosos libros de plegarias y de estudio

Jag HaPesaj Sameaj!!!

Para la libertad

Para la libertad, sangro lucho, pervivo
para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho; dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas
crezcan en la carne talada.

Retoñaran aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño,
porque aun tengo la vida.

Miguel Hernández

Pascua marrana


Hoy es el día 16 de la luna nueva de marzo. El pastor del alba está alto todavía, los ruidos de la noche aún son susurros, que explotarán al amanecer. Yo, Don José Manuel de la Santa Trinidad Rojas y Mejía, contemplo la noche que está pariendo el día de la pascua hebrea. Mi nombre no es una casualidad, ya que arrastro los que fueron impuestos a los cristianos nuevos, más el Rojas, que es una inversión de las letras de SAJOR (negro, en hebreo) y Mejía que es una derivación de Mesías, pero esto es algo muy oculto y muy privado, caso contrario la desgracia caería sobre mi y sobre mi amada familia.

Pertenezco a los llamados "marranos" por la santa iglesia y debo hacer todo lo posible por demostrar mi devoción cristiana. De hecho mi hermano Fray Pedro apóstol Rojas y Mejía es sacristán y quien mas se ha sacrificado, ya que no solo debe vivir una vida de hipocresía y negación de su fe, sino que se ha condenado a ser un tronco sin gajos ni simiente para "honor" de su iglesia.

Hoy deberé concurrir a misa con los míos y veré a mi hermano cuando coloque la hostia en nuestras bocas, sabiendo que lo hacemos empujados por las circunstancias, ya que en ello se nos va la vida.

Luego Pedro vendrá a lomo de burro hasta la finca, y juntos en la ribera del río, golpearemos las aguas con varas de sauce, recordando a nuestro patriarca moisés en el desierto. No se bien porque hago esto pero hay algo muy profundo en mi que me lleva a hacerlo. Quizá fuera el respeto a mis mayores. Pero no. Es algo que surge por mi mas que por ellos, por amor mas que por compromiso.

Tengo una finca donde hago salado y curtido de cueros. Como es mucho el personal que requiero, soy habitual en los remates de esclavos. Allí mi servidor : el mulato Lucas, de quien nadie podría sospechar origen marrano (de hecho no lo tiene), se acerca a revisar a los pobres desdichados y cuando simula inspeccionar boca y oídos les dice en vos baja el "shemáh Israel",(oye Israel) a lo que muchos responden atónitos y embargados por la emoción. Estos son esclavos que compro para mi hacienda y en especial los traídos de Portugal y Brasil responden positivamente a la contraseña.

Hoy, noche de pascua, todos esos, "esclavos" que trabajan conmigo saben que serán liberados de compromiso alguno, pues después de relatar sobre nuestra esclavitud en Egipto, diremos: !ahora somos libres!, aunque sé que no lo somos aún, también "compro" grupos que los piratas venden sin pasar por mercado alguno, y estos son los sospechosos de judaizantes que eran llevados frente al Santo tribunal de España y los corsarios capturan en altamar. Para poder afrontar estas "compras" me ayudan miembros de la familia Sacerdote (Cohen) y Viel (inversión de letras de Levi), quienes están en igual condición que yo.

Durante la semana quemamos mucha harina en los hornos para que nadie sospeche que no comeremos pan, mi esposa "deslizó" entre tantas horneadas unas pocas tablas de "pan flaco" que retiró sin ser vista y guardó celosamente en el sótano de la casa, a fin de tener matzáh (pan ázimo) para la noche.

Yo me ocupo personalmente de la "carneada" de corderos para lo cual elijo animales sin defecto alguno, tomo cuchillos sin mella y después de despostar, pongo la carne en agua y en sal sin olvidar "como al descuido" salpicar los cuchillos sangrantes sobre las jambas de las puertas como hacían mis antepasados. Quisiera acompañar esto con las bendiciones apropiadas, pero nunca las supe. Espero mis ruegos igual sean oídos.

Ya se acerca la hora de la cena. Pedro busca en el doble fondo de la capilla un libro muy antiguo que yo no se leer, pero mi hermano si, y a su vez enseño a mi hijo a hacerlo. Yo mando a Lucas al aljibe, y con el pretexto de echar cal, baja con la hamaca hasta la segunda calzadura donde hay oculta una copa labrada, un chal de oración y pequeños solideos con la estrella de David. También un pedazo de pergamino que halle en un viejo arcón familiar y como creo está escrito en hebreo lo oculte hasta tanto me lo tradujeran. Bajo al sótano. El olor fuerte de los cueros y el "charqui" me impregna la nariz, y la tabla de salar está cubierta por un mantel de lino blanco, la copa refulgente llena de vino y el pan de la pobreza frente a la silla de cabecera.

Todos tenemos miedos y angustias, mi hermano Pedro está transformado, le brillan los ojos que está llorando, mi hijo mayor con un solideo rojo me mira con amor y temor. .

¡Ay hijo! Si pudiera protegerte del riesgo al que te expongo. Pero se que no puedo, con lo cual me asalta la culpa. Esta se desvanece al oír palabras que no entiendo, pero con una melodía que despierta en mi recuerdos de experiencias que no viví.

Mi hijo se levanta y canta unas pocas frases en lengua extraña para mi y mis invitados. Sin embargo al oírlas todos rompemos a llorar. Mi hermano, hoy sin su crucifijo parece librado de un yugo opresor, se levanta, me cubre con el viejo chal a franjas que ignoro a quien perteneció . pero al envolverme en el siento una calidez extraña en todo mi ser.

D's todo poderoso, ¿porque no podemos sentir esto siempre? ¿Porque debemos mentir diariamente sobre nuestra fe? ¿Cuantos de nosotros seguiremos tus caminos y cuantos se alejarán para siempre de tu senda? Ojalá pudiera ver un futuro poblado de hermanos que se manifiestan libremente como hebreos. hijos de tu pueblo elegido.

Nos invade el silencio. Todos lloramos en esta fiesta, que debería ser de alegría por la libertad lograda. Pido a mi hermano el sacristán que me traduzca el viejo pergamino. Lo despliega y con dificultad lee las letras que el tiempo borra. Pero su contenido resalta, y lee en altavoz..

Avadim ahinu veatá bnei jorim, baruj atah adonay eloheinu, sheejeianu vekimanu vehiguianu lazman hazéh. Esclavos fuimos y ahora somos libres, bendito seas que nos permitiste vivir para llegar y acercarnos a este momento.

Quiera D's que en un futuro no lejano, mis hijos y los hijos de ellos puedan vivir una pascua en libertad, tan sentida como esta "nuestra pascua marrana"

Un demonio femenino llamado Lilit


Tratar de abordar algún tema referido a la Cábala (mística judía) no es tarea fácil, ni se puede explicar en forma escueta. Es por ello que al querer compartir con ustedes algunas Concepciones de los cabalistas judíos españoles no vi nada mejor que narrarles alguna historia de la mística judía. La Cábala intenta conocer un poco más a Di-s y de esa manera saber de que forma nos debemos acercar a él.

En el libro de Bereshit (génesis) está descripta toda la creación por medio de la palabra divina, su verbo es acción. "Di-s habló y el mundo se hizo" así rezamos en la plegaria matutina. Es por medio de su palabra y su obra que lo conocemos, como sostienen los cabalistas. De ahí que estos centren su estudio profundo en el libro de la creación, el libro del génesis que revela algunos aspectos celestiales.

Dentro de las fuentes tradicionales, más específicamente en el libro de Ezequiel, se narra una visión de la divinidad, hecho conocido como Maasé Hamerkabá y allí nuevamente en este relato concentran su estudio los cabalistas.

Dentro de su basta literatura encontramos el libro del Zohar (libro del Esplandor) quien encierra en si mismo el pensamiento del movimiento místico judío.

Hecha ya la breve introducción vamos al relato.

Existe una gran diferencia conceptual de la creación del hombre y la mujer entre el capitulo primero del génesis y el segundo. En el capitulo 1, versículo 27 está escrito: "Y creó Di-s al hombre a su imagen. A imagen de Di-s lo creó. Macho y hembra los creó", en el capitulo 2, versículo 22 encontramos: "De la costilla que Di-s había sacado al hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne".

En la primera descripción podemos notar la simultaneidad de la creación del hombre y la mujer. La independencia del uno y el otro. En el segundo relato vemos que la mujer es creada a partir de la costilla del hombre lo que le denota otro tipo de relación entre la mujer y el hombre. Este punto es el que difiere y marca la diferencia central entre la primera narración y la segunda. Es allí donde el mundo de la mística interviene para sortear dicha contradicción y nos cuenta que existió una mujer anterior a Eva llamada Lilit, cuyo nombre proviene del babilónico Lilitu y se asemeja a Laila, noche en hebreo.

La historia cuenta que Adán y Lilit nunca pudieron convivir en forma pacífica, no pudieron mantener relaciones ni tolerarse el uno con el otro. Un día Adán salió a dar nombre a las especies animales y vegetales y al regresar agotado de todo un día de trabajo se encontró que Lilit lo había engañado con un demonio, ofuscado por el hecho la expulsó del paraíso y ella juró vengarse de él y de sus hijos, se estableció en el fondo del mar y dio nacimiento a una serie de demonios maléficos.

Se describe a Lilit como una mujer de bajos instintos y se la relaciona con la noche (de donde proviene su nombre), con los sueños y las anomalías sexuales.

Los demonios, según la tradición talmúdica, son espíritus creados en el crepúsculo del viernes por la tarde a partir de aquellos espíritus que no les correspondió cuerpo alguno. Como es sabido el hombre recibe un alma extra con el comienzo de Shabat de allí la importancia de lo que ocurren con los espíritus el día viernes. Cuando Caín mata a Abel, Adán no quiso tener relaciones con Eva y se cuenta que acudieron a él demonios femeninos que mal utilizaron la capacidad reproductora de Adán y crearon unos demonios conocidos como los espíritus malignos provenientes del hombre.

A partir de esta historia es que se relaciona a Lilit con las prácticas sexuales desvirtuadas, con el onanismo y el derramamiento de semen en vano, del cual se apodera para engendrar nuevos espíritus maléficos.

Continuando con Lilit podemos caracterizarla como enemiga de los niños pequeños, en especial de los varones hasta los ocho días y de las mujeres hasta los veinte días. Es acusada también por la muerte de cuna o muerte súbita de los bebes. Ella también intenta seducir al novio en el momento del casamiento y durante el lecho conyugal en venganza a Eva que le robó el marido.

Es mencionada una sola vez en el Tanaj (Biblia) en el libro de Isaías capitulo 34, versículo 14.

Existen ciertas formas de protección contra los demonios y de Lilit misma. Muchas de ellas nos pueden resultar conocidas y practicadas otorgándoles algún otro significado o simplemente se conocidas y practicadas sin saber el sentido de ello. Me gustaría enumerar algunas de ellas: usar vestimentas o pintar los techos de color celeste dado que los demonios se confunden y piensan que están en el cielo, es por ello que se relaciona al celeste como neutralizador de su maléfico poder. La conocida Jamsa, mano, que muchas veces puede llevar en el centro alguna piedra celeste con el mismo motivo. También la costumbre de romper un plato en la ceremonia de Tnaim (compromiso) o la conocida copa en el Kidushin (casamiento) tiene un sentido místico y es el de espantar al demonio o a Lilit en el momento de la santa unión.

El Salmo 91 también era utilizado como protector contra los espíritus del mal y se recita hoy en día en el momento del entierro En la antigüedad se acostumbraba a posar el ataúd en el suelo siete veces y
repetir el salmo, en la actualidad se lee el salmo haciendo siete pausas durante la procesión hacia el lecho final del difunto.

Existen viejas costumbres que narran que en algunos entierros se acostumbraba a que diez hombres dieran siete vueltas alrededor de la
sepultura abierta recitando el Salmo 91 para espantar a los demonios en el momento en que se daba sepultura a alguna persona. En algunos círculos religiosos la novia acostumbra a dar siete vueltas alrededor del novio, y por que no ligar esta costumbre a la idea de tratar de neutralizar la venganza de Lilit que trata de seducir al novio en el momento del enlace. Con respecto al matrimonio existen diversas fórmulas para espantar a Lilit, en el Zohar encontramos el siguiente ritual: En el momento en que el hombre se une con su mujer debe concentrarse en la santidad de Di-s y decir:

­ Oh, tú, vestida con suave terciopelo!, ¿estás aquí?
­ Desaparece, desaparece!
­ No entres y no salgas?
­ Nada tuyo y nada en una parte tuya!
Vuélvete, vuélvete el mar se agita,
Sus olas te llaman.
Pero yo me inclino por la parte sagrada.
Estoy envuelto en la santidad del Rey Creador.

A continuación debe envolver durante un rato su cabeza y la de su mujer y más tarde rociar con agua clara los alrededores de la cama.

El mundo místico se destacó por un gran conocimiento de las fuentes,
una gran profundidad de estudio y por una imaginación inagotable.

Hoy en día en nuestros templos podemos notar la influencia cabalista que llega de tiempos remotos hasta los nuestros, escondidos como secretos en algunos de los ritos. Nuestra misión es estudiar en profundidad a fin de poder descubrir el sentido de los mismos ya que ayudará a develar los misterios recónditos de la existencia y de la vida misma.

Enrique M. Grinberg
1995

A 15 años del trágico atentado a la Embajada de Israel en Buenos Aires


17 DE MARZO DE 1992 - 17 DE MARZO DE 2007
יזכור


El próximo 17 de marzo de 2007 se cumplen 15 años de aquel trágico atentado terrorista perpetrado en contra de la sede de la Embajada del Estado de Israel en la Argentina.


En nuestras retinas permanecen vivas las imágenes del horror y del sufrimiento de aquella tarde porteña de marzo. Veintinueve fueron las víctimas, veintinueve familias diezmadas, veintinueve vidas truncadas bajio los escombros y el hierro retorcido, veintinueve lugares vacíos que nada ni nadie podrá llenar jamás, sueños cortados injustamente e ilusiones apagadas.

Aquellos fueron los primeros escombros, la primera explosión en Buenos Aires. Dolor y más dolor que aún no ha mermado ni se ha apaciguado.

Impunidad, una palabra que inquieta y asusta.


Justicia, una palabra que no consuela pero que si calma y alienta.


A 15 años del nefasto atentado renovamos nuestros reclamos de justicia y pronto esclarecimiento para este hecho y para el cruel atentado a la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina


“JUSTICIA, JUSTICIA, PERSEGUIRAS...”

Lezcano de Albarracin, Escorcina
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asís
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 909

Arlia Eguia Segui, Celia Haydee
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asís
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 909

Baldelomar Siles, Carlos Raul Albañil
Argentino de origen boliviano
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 910.

Ben Rafael, David Joel Diplomático Israelí
Ministro Consejero de la Embajada
Casado con dos hijos
Hallado el 19.03.92 en Arroyo 910

Ben Zeev, Eli
Diplomático Israelí. Agregado de la Embajada
Casado con dos hijos
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 910

Berenstein de Supanichky, Beatríz Mónica
Argentina
Casada con una hija. Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Brumana, Juan CarlosArgentino
Presbítero de Mater Admirabilis
Hallado el 17.03.92 en Arroyo 909/41

Cacciato Ruben, Cayetano Juan
Argentino
Conductor del taxi Ford Falcon que circulaba por Arroyo
Hallado el 17.03.92 circulando vehicularmente por la acera

Carmon, Eliora
Israelí
Esposa del Consejero y Consul Danny Carmon
Madre de 5 hijos
Empleada Administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Droblas, Marcela Judith
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada. (Secretaria del Agregado Cultural, Rafael Eldad)Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Elowson, Andres
Argentino
Peaton

Lancieri Lomazzi, Miguel Angel
Uruguayo
Peaton

Leguizamon Anibal
Paraguayo
Plomero
Hallado en Arroyo 910

Machado Castro, Alfredo Oscar
Argentino de origen boliviano
Albanil
Hallado en Arroyo 910

Machado Castro, Fredy Remberto
Boliviano
Albanil
Hallado en Arroyo 910

Mandaroni, Francisco
Italiano
Plomero
Hallado en Arroyo 910

Meyers Frers de Hernandez, Mausi
Argentina
Alojada en el Hogar San Francisco de Asis

Quarin, Alexis Alejandro
Argentino
Peaton

Saientz, Mirta
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada.(Secretaria del Embajador, Dr. Izthak Shefi)
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Sherman de Intraub, Raquel
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Susevich de Levinson, Liliana Graciela
Argentina
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

Zehavi, Zehava
Israelí
Empleada administrativa de la Embajada
Hallada el 17.03.92 en Arroyo 910

La alegría de la salvación


Con la salida de la primera estrella comienza el 14 de Adar una de las fiestas más alegres que conserva nuestro pueblo en su milenario devenir. Celebramos la salvación del los israelitas que habitaban en Persia quienes estuvieron condenados a la muerte por un malvado ministro de la corte del Rey Asuero llamado Amán.

La historia nos narra que el Rey Asuero expulsó de su palacio a su reina por haber incurrido en desobediencia, y procurando una nueva esposa organizó un concurso de belleza el cual fue ganado por una bella y radiante mujer llamada Esther.

Esther era judía, pero nada había contado al Rey, su tío que se llamaba Mordejai se instaló en el patio exterior del palacio para estar cerca de ella, para prestarle sabio consejo. Dentro del palacio, Mordejai se entera de una conspiración en contra del rey. Transmite esta desagradable información y los culpables son ahorcados. Es por esta razón que Asuero decide nombrar un nuevo ministro y es aquí donde Amán entra en acción obligando a todos los judíos a prosternarse frente a él.

Mordejai se niega dado que él solo se inclina frente a Di-s como mandan nuestras tradiciones. Amán comienza a mostrarse hostil frente a los judíos e informa al Rey de la existencia de un grupo subversivo que debe ser eliminado por el bien del país y de su monarca. Asuero sin hacer las indagaciones correspondientes le otorga a Amán la autorización para aniquilar a los rebeldes.

Por sorteo se fija la fecha del 14 de Adar, de allí el nombre de la festividad "Purim" (del hebreo pur, azar).

Enterado Mordejai de su suerte le ruega a Esther que ingrese a la habitación del Rey Asuero quien se hallaba leyendo sus crónicas donde encuentra que Mordejai le había salvado la vida y no había sido recompensado correctamente. Es por ello que ordena a Amán, llevar Mordejai en procesión por toda la ciudad de Susa. Esto exaspera a Amán sobremanera. Esther revela la conspiración de Amán y se identifica frente al Rey como judía.

En ese mismo 14 de Adar en lugar de ir a la horca los judíos fue el malvado Amán y luego Mordejai fue nombrado ministro por el Rey. Después de estos sucesos Esther y Mordejai ordenan a los judíos que este día sea un día de fiesta y regocijo, que se envíen los unos a los otros obsequios y que a los pobres se los obsequie también (Mishloaj Manot).

Estos relatos nos son recordados por Meguilat Esther que con su lectura se comienza la celebración, cuando en dicho relato se menciona la palabra Amán la congregación acostubra a hacer ruido con diversos elementos para no escuchar el nombre del malvado.

Es precepto en Purim beber en exceso hasta no saber quien era el malvado, si Amán o Mordejai.

Es así como otra vez más un suceso de nuestro legado nos marca la vigencia de la vida sobre la muerte, de la alegría frente a la tristeza, del amor frente al odio, del espíritu del bien frente a la oscuridad del mal.

Me gustaría terminar este artículo citando una frase popular judía que nos dice que "Existe un solo Purim, pero varios Amanes".

Nuestra misión es vencer el espíritu de Amán en cualquier lugar donde se encuentre y forma en la que se manifieste, anteponiendo y procurando la paz frente a la guerra, la construcción frente a la destrucción, ayudando así al mejoramiento del mundo a través del amor, y la confraternidad entre hermanos y entre todos pueblos del mundo.

Jag Purim Sameaj.

Enrique M. Grinberg
1998

En el camino a Jericó


Cuando estalló la Guerra de los Seis Días[1] me encontraba fuera de Israel. Sólo después de transcurridas varias jornadas y de ejercer cuanta presión me fue posible, logré regresar, abordando vuelos con escalas inverosímiles.

De inmediato me dediqué a buscar a mi hijo y a mi yerno que habían sido movilizados. Me enteré de que mi hijo se hallaba en Abu Aguila, en el camino al Canal, y que mi yerno estaba entre los paracaidistas que pelearon en Jerusalén hasta que se oyó el grito: “El Monte del Templo está en nuestras manos”.

Pronto llegaron a mis oídos los rumores sobre los duros combates de los paracaidistas y sobre un gran número de heridos.

Tomé mi viejo Peugeot y enfilé rápidamente hacia Jerusalén. Después de mucho indagar y gracias a toda clase de contactos pude averiguar que la brigada de los paracaidistas se encontraba ahora en Jericó y que, dada la confusión general provocada por la reorganización, sólo allí podrían suministrarme la información que yo solicitaba.

Al poco tiempo el panorama comenzó a aclararse, y cuanto más se aclaraba tanto más se oscurecía. La compañía de paracaidistas de mi yerno era una de las más veteranas y fogueadas.
Partieron esa noche con cuarenta combatientes y a la mañana siguiente sólo quedaban en pie cuatro, arrastrando heridos. Ni bien arribaron de Guivat Brener descendieron, salieron del Edificio Strauss, atravesaron corriendo Meáh Shearim en dirección al célebre Pasaje Mandelbaum y al anochecer llegaron a la calle que pertenecía al territorio enemigo. El comandante de la compañía fue herido y relevado durante las primeras escaramuzas. Y la orden que tenían era bastante vaga: debían llegar al Museo Rockefeller. Carentes del equipamiento adecuado –todo había quedado arriba en el autobús– y en su apresuramiento por entrar en combate, no habían traído consigo más que las Uzis y unos cuantos cargadores. No tenían ni grandes ametralladoras ni morteros, ni ningún instrumento para comunicarse, ni instrucciones precisas acerca de lo que debían hacer, ni dónde, ni comandante que los guiara y organizara la acción.

Toda la calle estaba expuesta al fuego certero proveniente de puestos de combate preparados y fortificados, y ellos corrían –innecesariamente, según se supo luego– de casa en casa para ubicar el origen del tiroteo, y así fueron heridos uno tras otro.

Durante toda la noche pelearon casi a ciegas. Sólo por la mañana, cuando después de numerosos y sangrientos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, sin apoyo ni directivas, lograron silenciar el intenso fuego jordano, descubrieron una callejuela que conducía al Museo Rockefeller. Allí se refugiaron los pocos que habían quedado en pie, junto con los que habían llegado de otras compañías, abatidos todos por el agotamiento. La historia acerca del Monte del Templo les llegó más tarde, en una versión confusa.

Como ya dijera, sólo posteriormente me enteré de todo esto.

Cuando llegué a la Comandancia en Binienei Haumá[2], en Jerusalén, tratando de esclarecer por intermedio de viejos amigos qué, cómo y dónde, los encontré a todos embriagados por la victoria. La guerra estaba en su apogeo, todos se hallaban exhaustos, sin dormir, conmocionados e incrédulos frente al milagro, y nadie disponía de tiempo ni de paciencia para atender a un civil que venía a importunarlos con preguntas. Pero finalmente un amigo mío, más calmo, me indicó que para conseguir la información debía dirigirme a Jericó.

Aunque todavía ignoraba todo lo que acabo de relatar, sentía cierta opresión que empañaba la euforia del reciente triunfo. Ni siquiera podía imaginar entonces que después de esa noche terrible, mi paracaidista atlético y amante de la aventura no querría regresar a Jerusalén por muchos años. Y que cuando todos entonaran conmovidos “Jerusalén de Oro”[3], él ocultaría las lágrimas que hasta ese momento le eran extrañas y se rehusaría a participar de cualquier festejo.

Hoy en día existen seguramente toda clase de explicaciones para justificar por qué ese combate en las calles se desarrolló de tal manera. El tiempo fue borrando muchos interrogantes perturbadores y se aceptó la versión oficial acerca de cómo y por qué sucedió aquello. Y después de todo fue una victoria, y el Monte del Templo está en nuestras manos.

El camino hacia Jericó era un escenario en el cual el drama no había concluido y el telón aún no había descendido.

A los costados de la carretera, frente a Gat Shemanim, se veía una hilera de automóviles particulares medio aplastados por las orugas de los tanques, sin que se supiera exactamente por qué.

Acá y allá se oían todavía algunos disparos. El Muro y la cúpula dorada del Domo de la Roca aún no habían vuelto la hoja del calendario, y todo poseía la intensidad increíble de lo inesperado, como cuando se sabe que se ha producido un terremoto, pero todavía no se alcanza a comprender lo ocurrido en toda su dimensión. Y en el tramo siguiente ya comenzaron a verse, a ambos lados del camino, las columnas de los que venían huyendo.

¿Quién no sabe lo que son las caravanas de refugiados? ¿En qué lugar del mundo no se los ha visto, arrastrándose y transportando sus enseres, mujeres y niños presos de un temor desconocido, y toda clase de impedidos sacados a la carrera, montados sobre burros, como si esto fuera ineludible y no hubiese otra opción, porque la rueda de la fortuna se invirtió y repentinamente te has transformado en un refugiado? Familias enteras se desplazan tratando de preservar lo más preciado, de-sorientados y sin esperanza, como hileras de hormigas oscuras, entre las que asoma de tanto en tanto una pañoleta blanca de mujer. El descalabro acaba de producirse y ya es una realidad, y cómo es posible.

A lo largo del camino se iban juntando más y más, a ambos lados de la ruta, en un silencio infinito, anonadados como si hubieran caído de un décimo piso, la mirada gacha, vacíos. Y el día avanzaba junto con la canícula.

En un cruce estaban parados dos soldados armados, vestidos con uniformes gastados de reservistas, que pedían ser transportados. También ellos se dirigían a Jericó en busca de su unidad, a la que habían perdido de vista. Yo lo había olvidado y ellos me recordaron que era conveniente viajar protegido. ¿Frente a quién? La derrota y la rendición eran visibles por doquier, y sólo las caravanas de gente con burros y bicicletas, y los míseros bienes que intentaban salvar, se arrastraban golpeados por la desgracia como por un mazazo, y el calor se hacía agobiante y enceguecedor.

Arribamos a Jericó y rápidamente nos enteramos de que los paracaidistas nunca habían estado allí, y nadie sabía dónde se hallaban. Pero las poincianas habían florecido a la entrada de Jericó, cubriéndose de un rojo exuberante e increíble. Los dos soldados maltrechos que venían conmigo tampoco encontraron allí su unidad y nadie sabía nada, y en realidad, tampoco les interesaba. Jericó estaba fuera del radio de acción, fuera de la gran liberación y de los días del Mesías. Hacía el calor que suele hacer en Jericó. Delante de los soldados apostados junto a la barrera había una formación de botellas de color con bebidas, provenientes de alguna despensa que ya no pertenecía a nadie.

El automóvil hervía. Le echamos agua con un bidón y llenamos otro, por si la sed volvía a acosarlo en el camino a Jerusalén. Todo estaba abrasado por el calor y librado a la ventura. Los dos soldados que habíamos recogido se acomodaron y comenzamos a ascender en medio de la polvareda blanquecina, por la carretera estrecha y empinada, cuyo asfalto ya comenzaba a derretirse. Pero cuando alcanzamos cierta altura, divisamos algo que nos hizo detener.

Una familia de refugiados estaba tendida, desparramada a un costado de la ruta, como si se hubieran derrumbado después de arrastrarse hasta aquí. El que parecía ser el padre se incorporó y extendió frente a nosotros sus manos sin pronunciar palabra, como diciendo: vean. Había una mujer gruesa, seguramente encinta, toda vestida de negro, que juntaba sus palmas una y otra vez como en un lamento silencioso. En su regazo yacía un niño, entre desmayado y plañidero. A su lado estaba sentada o desplomada una mujer muy vieja, que quién sabe cómo había llegado hasta aquí, encorvada, desdentada, con su escaso pelo que el pañuelo irrespetuoso dejaba al descubierto. Y había también otro niño de unos cuatro o cinco años.

Finalmente, el hombre, el único que se mantenía en pie, logró emitir un graznido desde su garganta reseca o estrangulada por el miedo: “Jawadya”[4] dijo, señalando a los seres apiñados a la vera del camino. No le salió más que eso, pero tampoco hacía falta ninguna explicación.

Los dos soldados y yo nos apeamos, sacamos el bidón que traíamos, lo destapamos y se lo ofrecimos al hombre. Éste se colocó en cuclillas y tomó un sorbo con sus palmas ahuecadas.

Entonces le dio de beber a su esposa, y ella a su vez llenó sus palmas y se las tendió al niño que estaba inconsciente, y luego a la anciana –quizás su madre–, que bebió algo y el agua goteó de su boca, mientras balbuceaba y suspiraba en su desmayo. Entonces le tocó el turno al niño que se prendió del pico de la lata y sorbió y sorbió. Alzó sus ojos, nos contempló como si viera el rostro del demonio y no pudiera dar crédito a sus ojos, y espantado, pareció comprender recién ahora lo terrible de la situación.

El hombre llenó nuevamente sus palmas, enjuagó su cara, nos miró como recobrando la conciencia y dijo algo acerca de Alá. Y volvió a repetir Alá, y nuevamente Alá.

Uno de los soldados que viajaba con nosotros hablaba árabe, pero el hombre no explicó nada. O no podía decir nada, y sólo señalaba a su familia apiñada, tendida en derredor. Los señalaba como en una súplica postrera, a la mujer encinta y a su bebé, a la abuela senil y al niño que permanecía como paralizado, con la boca abierta y los ojos dilatados por el terror.

Ahora el hombre inició una segunda ronda, pero el bidón ya se había vaciado. Él lo sacudió una y otra vez, suspirando, con una frustración que se extendía más allá del recipiente vacío. Suspiró y lo volvió a sacudir.

Los soldados y yo nos miramos. La carretera ardía, el desierto de Judea ardía y ese montón de gente estaba acabado. “¿Quizás podríamos volver para dejarles otro bidón de agua?”, aventuró uno de los soldados. En medio del calor y de la de-sesperanza sus palabras no dejaban de tener sentido, y respondían de algún modo a la pregunta que no habíamos formulado: ¿qué hacer con esta gente?

Ellos parecían resignados a que los abandonáramos, aceptando el fin que les deparaba su destino, en algún lugar entre Jericó y la nada.

Dimos la vuelta y regresamos a Jericó: “¿Qué haremos con ellos?”, preguntó el soldado. Yo no los conocía ni a él ni a su compañero. No sabía si nos estaba reprochando nuestra actitud, algo así como “¿qué estamos haciendo aquí?”, o si se trataba de una reflexión o de una sugerencia para hacer algo por ellos. “La vieja va a morir”, dijo el otro soldado. “¿Y qué van a comer? ¿Y cómo van a proseguir?” “Quizás mientras tanto lleguen otros y se los lleven consigo”, dijo el primero tratando de idear alguna solución.

Llenamos dos bidones con el agua tranquila y fría del manantial y ascendimos de nuevo, rápidamente, por el sendero estrecho y sinuoso, en medio de la polvareda enceguecedora. No sabíamos si aún estarían allí.

Estaban. Como si nada pudiera cambiar. Sólo que la vieja moriría y los otros la seguirían, según su grado de debilidad.

El calor del mediodía quemaba y el automóvil hervía. El hombre se incorporó y extendió sus manos como pronunciando un discurso: “Jawadya, Jawadya”, como si bastara con eso. Le entregamos el bidón lleno y él les dio de beber a todos de sus palmas. La mujer lloraba. El soldado encaró de nuevo al hombre, aparentemente el padre o tal vez el abuelo: “¿De dónde son? ¿Hacia dónde van? ¿Tienen a alguien en Jericó?”. El hombre no sabía o no entendía.
Después comenzó a describir sin palabras, mediante gestos desesperados, cómo habían oído disparos durante toda la noche, cómo al amanecer se corrió la voz: vienen los judíos, vienen los judíos, y cómo el cielo pareció desplomarse sobre sus cabezas. Y enseguida salieron aterrorizados de sus casas, de noche, aun antes del amanecer. Alguien se apiadó y trasladó a la anciana en un carro, hasta que sintió que le pesaba demasiado en su huida. Los rumores que llegaban eran terribles, así que reunieron apresuradamente todo lo que pudieron, incluyendo mantas, y después fueron arrojando todo a lo largo del camino, hasta que quedaron exangües por el calor. También huyeron todos sus vecinos y toda su numerosa familia, y ni siquiera se les ocurrió que podrían quedarse. Se largaron al camino, cuidando cada uno, como podía, de su grupo familiar. Vienen los judíos, vienen los tanques –decían– y si no nos apuramos será el fin. Y ahora están aquí, y eso es todo. ¿Adónde irán? Alá, Alá, y eso es todo.

El sol quemaba. Uno de los soldados dijo: “¿Entonces, qué hacemos con ellos? ¿Les dejamos el agua? Cuando lleguen otros refugiados los van a llevar también a ellos”. Entonces alguien dijo: “¿Saben qué?”. Y súbitamente lo supimos. Sin decir palabra. Lo supimos de manera absoluta. “Los vamos a llevar de vuelta a su casa. ¿Qué mal pueden causar éstos?” El otro soldado preguntó pensativo: “¿Está permitido? ¿Y si nos detienen? ¿Y si los evacuan?”. Hacía demasiado calor para pensar en todo. La mujer trataba de calmar el llanto del bebé con un ks, ks, ks... de otro mundo. Y con los dedos mojaba su carita con agua, como hacen las madres. El niño miraba con sus ojos rasgados, y el hombre sólo murmuraba todo el tiempo Alá y Alá, y no sabía nada más.

“Vengan, ustedes siéntense a mi lado –les dije a los soldados– y díganles que se acomoden todos atrás.”

La sorpresa los dejó estupefactos. Por un momento el hombre pensó que tal vez los llevábamos para arrojarlos más tarde bajo algún arbusto o alguna roca, con el bidón de agua.

Los soldados callaban. Cuando todos estuvieron apretujados, conformando un montón oscuro, enfilamos nuevamente en dirección a Jerusalén.

En la curva siguiente vimos otra oleada de refugiados, desplazándose dificultosamente, como dos hileras de hormigas, a ambos lados de la carretera. Era imposible saber si veían algo o si entendían lo que sucedía a su alrededor. Su sino era caminar, y eso era todo. No teníamos agua para todos, pero nos detuvimos y dejamos el bidón a un costado de la ruta. ¿Quién podría explicar por qué todos ellos no, y sí los que recogimos? ¿Qué explicación cabía?

Nadie sabía con exactitud qué estaba sucediendo a sus espaldas, ni tampoco lo que ese día le depararía a cada uno de los caminantes. Todo parecía estar como antes: la casa aún permanecía ahí, detrás de ellos, y casi nada había cambiado, y todo estaba revuelto y perdido, más perdido de lo que era dable imaginar. Una línea invisible pero real, definida y profunda, separaba lo que sucedía hasta esa mañana de lo que quién sabe sucedería desde esa mañana en adelante. Esto era así.

Poco antes de llegar a Jerusalén el hombre le indicó que era aquí. Le parecía increíble. Abrimos la puerta trasera y se deslizaron hacia el exterior. Quién sabe si la anciana aún vivía.

El hombre comenzó a agradecer y quería besar nuestras manos. No sabía quién era el de más alto rango, si el soldado con el fusil o el que conducía el automóvil. También la mujer, con su bebé y con el niño perplejo pegado a ella, comenzó a agradecer, llorando sin cesar. Y el hombre sólo señalaba una colina, en la cual por lo visto se encontraba su casa. Todos sus vecinos se habían marchado y no regresarían, como obedeciendo a algún designio supremo. Y el hombre señalaba con el índice el lugar en el cual se encontraba su casa.

Finalmente partimos. Ellos se reunieron formando un grupo compacto, oscuro, y nosotros en el interior permanecimos en silencio.

En realidad éramos tres desconocidos. Y los dos soldados no sabían ahora hacia dónde querían ir. Finalmente decidieron detenerse en el edificio de la Comandancia, a la entrada de la ciudad. Hubiéramos tenido que decir algo, pero sólo sonreímos como tres cómplices, y no supimos qué más hacer. Y sonreímos de nuevo.

Entonces oímos a alguien contando que los paracaidistas estaban ascendiendo finalmente al Golán, y qué días gloriosos, y quién lo hubiera creído.

Los dos reservistas maltrechos se apearon con sus fusiles y se perdieron entre los muchos reservistas maltrechos que andaban por ahí. Y yo emprendí la vuelta en dirección al sol que se ponía al final de ese día tórrido.

Yizhar Smilansky

[1] Junio de 1967.
[2] Complejo cultural que incluye salas de teatro, auditorios, etc.
[3] Canción que se hizo muy popular a partir de la Guerra de los Seis Días.
[4] “Señor”, en árabe.