El verdadero valor de la educación


Las enseñanzas de Moisés en el monte Sinaí

Recuerdo que una vez un Rabino amigo me planteó un dilema religioso de carácter existencial; jamás hubiera pensado que esto me haría reflexionar de manera tan profunda.

Se nos preguntó cuáles son, a nuestro criterio, los hitos centrales en la formación del pueblo de Israel, haciendo alusión a los relatos bíblicos. Casi todos, coincidimos que fueron La Salida de Egipto, la entrega de la Torá y la llegada a la Tierra prometida. El primer hito hace referencia a la libertad; el segundo a la conformación del pueblo con una ley que los igualaba; por último, el establecimiento definitivo y la transición de un pueblo nómade al asentamiento siguiendo el mandato divino. La siguiente interpelación fue cuál es a nuestro criterio el más importante de los 3. Muchos dijeron la entrega de la Ley argumentando que a lo largo de la historia, el pueblo judío sobrevivió a todas las matanzas, dominaciones, persecuciones y dispersiones por aquella Torá que fue entregada en el legendario monte Sinaí. Otros, pensamos en la llegada, nada fácil de por si, a la entonces Eretz Knaan, asentándose, desarrollándose y conformando las bases del pueblo que hasta el día de hoy se mantienen. Sin embargo, el ambiente se llenó de incertidumbre cuando se nos informó que según el texto bíblico, existía otra visión con explicación aún más confusa. La Conquista de la Tierra ni siquiera forma parte del Pentateuco y el episodio del Sinaí, es pocas veces nombrado. Sin embargo, el éxodo de Egipto es nombrado y recordado en el texto bíblico innumerables cantidad de veces y forma parte de la mayoría de los rituales religiosos existentes hasta la fecha.

¿Cuál es el mensaje religiosos que este dilema plantea? Sin duda alguna, los tres hechos están estrechamente ligados entre sí, pero ¿De qué sirve la libertad sin una Ley que los rija? ¿Cómo exigir a nuestros gobernantes y guías que sean honestos? El mensaje es claro y respuestas desde el plano religiosos existen montones; no obstante, es posible ahondar más en el tema y llevarlo a un plano educativo en donde nos permita reflexionar sobre cuales de esos valores universales (Libertad, Ley y Establecimiento definido y conformación nacional del pueblo) al día de hoy enarbolamos.

Acabamos de terminar de festejar nuestra festividad de Shabuot. Como moré, esta festividad no pasó por alto. Sin embargo, este año tuvo un aura diferente, un significado especial. La sensibilidad producida por mi maestro para con esta festividad, me predispuso diferente; más aún cuando trabajando con mis talmidim las costumbres y la historia de esta festividad se planteó una discusión cuasi filosófica que, lejos de desconcertarme me emocionó. Esto no debería ser especial ya que cada docente apunta a generar la reflexión y la resignificación de los conceptos explicados en el aula; sin embargo, la profundidad del análisis que hicieron los chicos de tan solo 7 años, desestructuró la clase habitual formando una ronda en la cual yo mismo participé a la par de ellos buscando entre todos las respuestas; o mejor aún, cada uno sus respuestas. Todo comenzó cuando una nena me preguntó si habían escuelas en Egipto. Conciente de la falta de noción espacio temporal que tienen los chicos a esta edad (tal como lo explica Piaget) les explico que la escuela es mucho posterior. No satisfecha me pregunta cómo es que los chicos aprendían a leer y a escribir. Es ahí donde le menciono uno de los preceptos más hermosos, que a mi criterio, tiene el judaísmo, el “lejol dor va dor”, el compromiso de transmisión de generación en generación, en dónde los padres eran los educadores de sus hijos y no sólo brindan afecto sino la posibilidad de auto superarse mediante la educación y la tradición. No obstante, rápidamente les pregunté si los entonces “hijos de Israel” (recordar que el término “judíos” proviene de Judea, una de los 12 hijos de Israel que luego de establecerse en tribus, forma el reinado del Sur luchando contra las tribus del norte y exhortándolos al exilio) que nacieron y vivieron como esclavos, tenían la posibilidad de gozar del privilegio del estudio. Al unísono contestaron que no; pero, se escucha una vocecita de fondo que argumenta diciendo que al Faraón no le convenía tener un pueblo esclavo alfabetizado. De a poco el debate tomó color y fue enriqueciéndose.

La emoción de los chicos por reconstruir la historia de su pueblo, se mezclo con la incertidumbre de romper con el relato que tradicionalmente les fue contado.
En este punto todos coincidíamos y creímos lógicas todas las posturas. De repente, la incertidumbre volvió cuando se vio dibujado en el pizarrón El Monte, con Moisés bajando de él con La Ley. Si los hijos de Israel eran esclavos, y los esclavos no sabían leer, ¿Cómo iban a poder interpretar la Ley? ¿De qué sirve una ley que no puede ser interpretada? ¿Qué estábamos festejando?

Luego de unos instantes de silencio surgieron las primeras hipótesis, todas ellas provenientes de campo de la Fe. “D´s les enseño a todos”, “D´s le explicó a Moshé para que él les enseñe a todos…” No muy satisfecho, le hice recordar lo aprendido en la festividad de Pesaj y les pregunté si efectivamente todos habían nacido esclavos y se habían criado y educado como esclavos. Velozmente recordamos que nuestro guía a la libertad y a la lucha por nuestros derechos, se crió en el palacio del faraón hasta que descubrió su vocación y su pertenencia. “Entonces fue él quien les explicó La Ley y se las enseñó al resto” se empezó a escuchar casi como un murmullo.
Yo me guío por esta reflexión y me hace seguir preguntándome sobre el liderazgo que ejerció Moisés sobre el pueblo ¿Fue acaso manipulador del conocimiento, tal como hicieron ciertos sectores religiosos en la Edad Media? ¿Lo utilizó como elemento extorsivo?

¿Qué se puede aprender de este relato? O mejor dicho ¿Qué de todas estas enseñanzas y reflexiones aplicamos día a día? Nosotros, los portadores de la educación ¿Nos comportamos como Moisés o como los curas medievales?

Lamentablemente, hay muchas actitudes que me hacen pensar que nos comportamos como aquellos que monopolizan y centralizan el conocimiento. En los calendarios de la mayoría de las instituciones comunitarias figura el segundo día de Shabuot como feriado religioso; sin embargo, en la institución donde trabajo basándose en cuestiones poco claras y en algún de los tantos cambios halájicos emitido alguna vez por algún rabino, se decide trabajar este día haciendo actividades alusivas a la festividad. Sin comprender demasiado aquella norma que distingue esta escuela de las demás gustosamente acepté lo que hasta el momento se planteaba como una propuesta y una experiencia educativa. Sin embargo, aquel día tuvo poco de experiencia educativa. Los grados habían reducido notablemente la concurrencia del alumnado. Las “propuestas alusivas a la festividad” oscilaban entre juegos de cartas o con pelotas, charlas informales o juntar diferentes edades con el fin aparentar un aula con chicos que nada tenían que ver uno con el otro.

¿Es acaso esta la forma de extender la Ley a todo el pueblo? ¿Qué nos hace pensar que los chicos que concurrieron a la escuela a presenciar y a enriquecerse experimentando un día diferente en la escuela, volverán a creer en la propuesta educativa de la escuela? Antes de poder analizar los resultados obtenidos, debemos tomar postura frente a algunos dilemas educativos ¿Es la escuela quien debe adaptarse a las necesidades de las familias, o acaso las familias deben elegir la escuela en función de las políticas educativas y religiosas (en este caso) con que la institución fue creada y se mantiene? ¿Es la educación un servicio que debe adaptarse a las necesidades del mercado o un derecho inherente a cada hombre?

Este humilde docente se inclina, quizá ingenuamente, a creer y sostener en la educación como un derecho y no un servicio brindado. Es por esto, que me irrita ver como los docentes son maltratados, como la educación es utilizada como elemento de protesta y campaña política, me rehúso a pensar que este sea el modelo educativo que la sociedad necesita y exige y, aún más, el modelo que nuestros dirigentes promueven.

No es posible que el actual docente sea quien se debe avocar a velar de no ser estafado o manipuleado en vez de explorar y capacitarse en cuestiones meramente educativas.
No es posible que el legado de nuestro primer gran educador haya quedado enterrado en el desierto del Sinaí.
No es posible que sigamos permitiendo que nuestros dirigentes sostengan a la educación como un bien que fácilmente es capaz de adaptarse y transformarse al mercado.
No es posible que ignoremos nuestra propia historia y la tergiversemos de forma tal que la educación se transforme en un discurso político y sea, nuevamente utilizada como elemento de poder y coerción.

No quiero terminar este ensayo sin antes agradecer al Rabino Adrián Herbst que inició este camino reflexivo sobre nuestra tradición, recreándola y resignificándola a cada instante y a mis alumnos de Segundo grado que, con sus preguntas, generan dilemas en mí que me forman y fortalecen cada día más como Moré y como persona.


Diego Ariel Gladstein

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